Ensayo sobre la ceguera

Cuando empecé a leer Ensayo sobre la ceguera de José Saramago en seguida me di cuenta que estaba ante una obra magistral, y un connotado escritor. Sin darme cuenta ya había leído más de setenta páginas, la historia ya me había atrapado. No obstante una extraña sospecha saltó en mi mente: los personajes no tenían nombre, se hablaba de médicos, de esposas, de ministros, soldados, policías, prostitutas pero ninguno podía ser identificado con un nombre. Entonces, es como si un absurdo reproche contra el autor empezara a querer generarse. Su argumento más adelante explicaba la poca importancia que revestía que se les identificaran por sus nombres. A un nombre corresponde una cara, rasgos exteriores solo perceptibles a través de la vista, ahora lo que quedaba eran los bultos (no la imagen), un contorno que podía ser palpado, pero sobre todo la voz, que permitía identificarlos por el sonido y lo que este ultimo tuviera de singular.

Supuse que el argumento evitaba singularizar los personajes, darles una definición, aunque abstracta, determinante. Un nombre los habría atrapado y hubiese permitido que nosotros los poseyéramos, y nuestro dominio sobre ellos condujera a cierta insensibilidad. Pero la apertura lograba atraparnos aún más porque tal ambigüedad nos inclinaba a suponernos más involucrados; cualquiera de los personajes podríamos ser nosotros mismos. La ciudad podría ser la nuestra, aquel ministro de salud podría ser el de nuestro estado o nuestro país. En realidad no se estaba retratando algún país raro de otro continente, muy alejado de nosotros, se estaba hablando de nuestra ciudad, de nuestro trayecto al trabajo, de los semáforos de ese trayecto, del policía que cuida nuestra colonia, de la humanidad entera. La ambigüedad significaba que cada cual con su carga emocional e histórica propia, debía poner los nombres, y sentir el corazón del hombre, el comportamiento de la humanidad. De cualquier lugar, en cualquier tiempo, nadie podía escapar a esta descripción.

La oscuridad repentina de todo cuanto conocemos es la peor pesadilla de cualquier humano. Ceguera que implica la casi absoluta inutilidad, el universo de tareas queda drásticamente reducido, y nuestra dependencia se dispara. La patética imagen de un doctor frente al espejo sabiendo que “su imagen estaba ahí, mirándolo” sin que él pudiera verla, la obscenidad de una mujer que observa a los otros fingiéndose ciega, o la muerte del ladrón provocada por un agarrón de tetas.

Conforme avanza la historia, y fugazmente se habla de un mal del espíritu, se va reforzando la idea de que la causa de la ceguera no es algún contacto físico con los ciegos, sino una deliberada actitud hostil contra ellos lo que provoca la ceguera a quien no la tiene. Pensemos en el comandante que sugiere dar muerte a todos los ciegos y poco después queda ciego, y en contraste con la mujer que se finge ciega para estar con su esposo el médico y permanece inmune. Aunque la tesis aún queda abierta a refutación porque aquellos a los que no puede atribuírseles mala voluntad, como el médico, y el primer ciego, incluso la esposa de este último, también contrajeron el mal. La explicación del contagio debió estar integrada por una conjunción de circunstancias, entre ellas, el contacto y la actitud hostil, esta ultima quizá provocada por el miedo, muy natural, pero quizá, también por algo más.

Quien sabe por qué extraña razón, superada la pagina ciento veinte, una rara sensación de estrés empezó a invadirme. Una especie de preocupación que me hacia cerrar los ojos y abrirlos con rapidez, sin duda, solo imaginar aquella terrible ceguera estaba afectándome. Es evidente que no al grado de suponer que me ocurriría lo mismo que a los personajes de la historia, pero cierta zozobra se ocupaba de mí. La sarcástica idea de un anuncio en el periódico que informa que un lector del Ensayo sobre la ceguera, ha quedado ciego leyendo dicha obra, no dejaba de perturbarme. Sin embargo, eso hubiera supuesto implícitamente, -a estas alturas de la obra-, atribuirme desprecio y maldad hacia los infectados, de acuerdo con la tesis formulada anteriormente.

Cuando comienzan a manifestarse las necesidades humanas en aquel manicomio lleno de ciegos, la forma de satisfacer la cuestión sexual fue la que más me perturbó. Asumí con cierta indignación la dirección que tomaba la historia, no pude soportar que el ser humano fuera capaz de actos tan atroces, pero sobretodo me indignó la actitud de los esposos al permitir la violación de sus mujeres (por los ciegos malvados) a cambio de no morir de hambre. ¡Malditos cobardes! La muerte hubiera sido más digna. Pensé: hay algo ofensivo en todo esto, y no obstante que se estaban describiendo caracteres humanos que de alguna forma compartimos, resulta imposible no repudiar tales actos, aunque eso implique una bofetada a nosotros mismos. Es como si viéramos en un espejo nuestro lado lujurioso y vil (así como nuestra cobardía), y fuera inevitable el impulso de escupir nuestra propia imagen y sentir un profundo odio por ella. La muerte del jefe de los ciegos malvados a manos de la esposa del médico me produjo un placer sádico, como si disfrutara su muerte, veía su imagen postrada en la cama con la garganta abierta brotándole chorros de sangre ante la “mirada” atónita del resto de los ciegos ladrones.

Incendiado el manicomio, ambulante el grupo de ciegos guiados por la mujer del médico, lo único que importaba era sobrevivir, aunque sea de manera vergonzosa, entre la inmundicia. Luego surgió cierta solidaridad de grupo, todos unidos por la misma desgracia tuvieron que tolerarse unos a otros, y hasta empezaron a estimarse. Una estimación surgida por una común desgracia, pero estima al fin. La ceguera unió a seres tan dispares como el anciano de la venda negra y la mujer de las gafas oscuras, que se juraron pertenencia. No solo los unía la desgracia sino la negrura de la venda y las gafas, oscuridad blanca con exteriores negros. Sin ojos para ver, aquella exterioridad debía sustituirse por interiores sonoros, lo otro podía idealizarse y todo quedaba resuelto. Esa circunstancia unió a la joven mujer con el anciano.

En seguida surge la impresión de un sufrimiento doble de la mujer del médico por ser la única que ve. La ceguera era un bien al menos en eso, evitaba ver tanta miseria y sentir una doble impresión de los sufrimientos humanos. Un perro se une al grupo, como señal de la naturaleza de que el hombre no está solo, aún en momentos como este. Un perro que tiene ojos pero que no sigue al que no los tiene, quizá percibe su miseria y toma por amo a la única vidente, la mujer del médico. La presencia del perro agrega algo positivo a la historia, ¿Qué es? no lo sé con certeza pero lo percibo.

Los invito a leer este gran libro de José Saramago, estoy seguro que no se arrepentirán.

¿Tienes algo que decir? Seguir adelante y dejar un comentario!