Sep 27, 2011 - Narrativa Breve    No hay Comentarios

Una imagen de la decadencia


Se dice que hubo un origen, y ese es el comienzo de la metáfora. El hombre nació en una fecha incierta, pero no nació solo, el mundo nació con él, a pesar de la petulancia que encierra. A partir de ese instante inconcebible el humano se elevó entre los seres que felices habitaban el paraíso. Optó por la decadencia. Se abrazó al verbo y su arrogancia lo hizo miserable. En la sucesión de los instantes se volvió resentido, envidiando a las plantas y a los animales -sobre todo a estos últimos- por su inmaculado mutismo, e imposibilitado para “infringirles la humillación de la palabra” buscó otras formas de tortura.

Cuando el hombre tomó conciencia de sí mismo y del universo, no comprendió que ese diamante aplastaría su cabeza. Sorprendido por su hallazgo se refugió como niño asustado en el misticismo. Los Dioses le salvaron de su miseria por un tiempo. Pronto se desató una nueva epidemia que hizo gala de evolución, y el hombre ya engreído, la llamó ciencia. Desmitificó la naturaleza, derrumbó esa imagen de “paisaje sagrado” que se percibe desde la animalidad. Y el entorno fue haciéndose cada vez más concreto, menos soñado; en suma, el entorno perdió su aureola singular. Hoy, ese hombre, camina por la tierra baldía y sus pasos parecen adherirse al suelo. Es tan poderoso, y al mismo tiempo tan miserable, cree haberlo hecho todo y aún desea más, pero “tanta insaciabilidad revela una miseria sin remedio, una magistral decadencia”.

¡Estamos presos en una realidad que nos abruma! ¡Como anhelamos ese paraíso de la inconsciencia! El nuevo proyecto de la humanidad consiste en destruir esos instrumentos de tortura creados con tanto esmero, con tanto detalle, cuando creíamos que eran juguetes contra el aburrimiento. Estamos solos en esta batalla cósmica porque solo nosotros tuvimos la ocurrencia de echarnos la soga al cuello, tan lentamente, desde el comienzo de los tiempos. La flora y fauna terrestre, así como los inescrutables planetas del sistema solar, para no ir tan lejos, solo presenciaran desde la indiferencia el espectáculo de nuestra ejecución. El insondable camino hacia el patíbulo solo estará acompañado del verbo interior, ante el inevitable silencio de la naturaleza. La pena será doble por la inmisericordia de nuestra soledad universal.

El cuerpo oscilante de la humanidad que pende de la horca se verá reducido a un objeto sin importancia, una nadería más entre millones que hay en el universo. Solo entonces se comprenderá su pequeñez e insignificancia. Pronto se pudrirá entre la hierba que lo cubre, y su espíritu vagará por la eternidad en busca de un cielo. El alma tumbada a la orilla de un río llorará compungida el abandono de la Divinidad. En momentos tan decisivos no tendrá siquiera ese pequeño consuelo, su propia mentira la abrumará.

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