Sep 27, 2011 - Narrativa Breve    No hay Comentarios

Lugares comunes


Los escritores hacen crítica literaria de sus contemporáneos acusándolos de caer en lugares comunes o en la demagogia convencional e insincera del político, pero hay temas que nunca serán tratados con suficiente amplitud para ser considerados agotados. Uno de ellos, y en el que confluyen filósofos o ensayistas regularmente, es el de la estupidez humana. Tema que incluye a todos los homínidos evolucionados que caminan en dos patas. ¡Vaya, a toda la raza humana! Sin que deba interpretarse que el escribidor se ubique por encima de los que describe o que sea una suerte de Dios omnipotente que este a salvo del destino de sus personajes.

Desde Sófocles, que en antaño escribió “que la existencia más alegre se alcanza no sabiendo absolutamente nada”, hasta Erasmo de Rotterdam que dedicó un libro entero al tema, aquel Elogio a la locura cuyas páginas enaltecen con burla e ingenio la estulticia humana. Pero lo antiguos y los contemporáneos no se han apartado del tema, y se valen de la tontería y la necedad de sus personajes para crear historias que de otro modo nada tendrían de interesantes. ¿Qué sería de Un sueño realizado de Onetti si Blanes no fuera un perfecto imbécil? ¿Qué pasaría si Meursault no actuara de forma tan extraña en El extranjero? ¿Qué sería del Quijote sin su locura? ¿A quién le importaría una Emily de Faulkner que pagara puntualmente sus impuestos?

¿Pero, por qué es un tema inagotable e inacabado? Debe ser porque ataca la mayor de las enfermedades del ser humano, su infinita, renovada y reinventada vanidad. Una suerte de plaga que le inunda el cuerpo a la vez que lo impulsa y le da vida. Sin esa fuerza ególatra que implica la vanidad, la especie habría sucumbido hace mucho. Pero al mismo tiempo que la humanidad debe darse autoelogios que impulsan debe provocarse desánimos que frenan. Círculos que se corresponden, que abren pero que clausuran, que vivifican pero que matan, que reviven pero que vuelven a matar. Sin ese eterno retorno iríamos al despeñadero universal. Nuestras energías desembocarían en inagotables e incontroladas, el hombre tal y como lo conocemos hoy en día quedaría reducido a su magnanimidad o impotencia planetaria; es decir, a un poder galáctico insostenible o a una pequeñez insospechada. La estupidez humana es parte de la necesidad universal. Una especie de ley física elemental de la naturaleza.

            El pedante disfruta la humillación del coetáneo. El hombre disfruta el dominio y superioridad sobre el resto de la fauna terrestre. El superior se jacta ante el inferior, pero siempre habrá, o se procura que haya, alguien debajo de la escala de poder, hasta que llegamos a Dios. La divinidad, ¡oh grandeza! la mayor de las imaginaciones humanas, inigualable en vanidad, pero despreciado por los escépticos y los ateos, que han socavado su magnificencia. Al final ni Dios se salva, por aquellos que lo acusan de inexistencia. Pero existe la idea, y existe quien la ataca, ¡que maravillosa sintonía intelectual! El mundo como debe ser, con sus claros y sus oscuros. Sus afirmaciones y sus negaciones. Que deleite que no exista la verdad, que placer que se frenen los impulsos de Narciso. Para eso se ha creado la estupidez, fiel compañera del género humano.

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