Sep 26, 2011 - Narrativa Breve    No hay Comentarios

La Venganza

Jesús caminó hacia sus discípulos, les pidió que orasen. Mañana derramara su sangre el hijo del hombre para el perdón de los pecados. Jesús tenía el rostro decaído, aquella imagen que se produce en un hombre que sabe con certeza la hora de su muerte, pero a pesar de la dureza de su destino, su espíritu estaba dispuesto. Judas se le acercó y lo besó después de pronunciar esa palabra que en boca del delator se convierte en blasfema, “maestro”.

Pedro intentó defenderlo con la espada agrediendo a los soldados romanos encargados de apresarlo. Jesús le pidió que cesara, porque aquel que a hierro mata a hierro muere. Ahí empezó el calvario. El Mesías fue arrastrado, se le insultó a placer, fue golpeado con crueldad a pesar de su mansedumbre, y recibió toda clase de violencia que hiere el cuerpo, pero sobretodo que hiere el alma. ¡Corte! Se escuchó en el fondo del foro. “La escena es perfecta. Queda”, dijo el director del filme. Sin embargo, el papel de Jesús era tan fuerte, con escenas tan dolorosas, que el director solicitó un doble, en aquellas circunstancias su actor central no llegaría al final de la película.

Judas recibió sus treinta monedas de oro, vagó por las calles con honda amargura y al cabo de múltiples alucinaciones enloquecedoras se quitó la vida. El cuerpo del traidor se mecía en lo alto de la colina. Un árbol solitario soportaba su cadáver en uno de sus brazos. El rostro desfigurado por la locura fue el sello indeleble de su muerte. Jesús, sin embargo, siguió su agonía; aquel hombre sublime, que algunos han considerado el redentor, con una fuerza interior superior a la de sus contemporáneos, fue capaz de soportar toda la crueldad humana pero incapaz de sentir odio, incluso por su verdugos.

Los actores más brillantes fueron sin duda, el que representó a Jesús y aquel que encarnó al traidor. Su admirable actuación conmovió a todos cuantos la presenciaron. Pero llegó el momento de la más dura escena; aquella en la que Cristo fue clavado en la cruz y puesto en lo alto con aquel letrero humillante. ¿Padre, porque me has abandonado? Y se nos pone la piel de gallina, o brotan las lágrimas, o ambas cosas. ¡Todo se ha consumado! Y cae el rostro cubierto de sangre sobre su pecho abierto. Pero es el rostro del doble, aquel que durante toda la película fue el verdadero mártir, el que recibió los latigazos, que llevó a cuestas la cruz, que recibió los clavos, y también los insultos; dejando las muestras de compasión para el actor principal. Era el rostro de Judas, o del actor que hacía de Judas. Sustituyó al maestro en el suplicio, pero desprovisto de grandeza, era su castigo terrenal. Ideado por hombres absurdos, en ficciones sin sentido.

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