Sep 26, 2011 - Narrativa Breve    No hay Comentarios

El hombre del mueble con ruedas


¿Quién ha dicho que es necesario un interlocutor, vaya, siquiera un pasivo oyente? Hoy anuncio que esto ha sido escrito para nadie, que solo se pronuncia con la idea de ser desfogado, en la satisfacción que causa su pronunciamiento encuentra su justo y máximo fundamento. No hay pues otro propósito, si alguien logra encontrarlo: que alabado sea, pero solo se trataría de un efecto pueril y absolutamente secundario.

El hombre se echó sobre el extraño mueble con ruedas, en aquella silenciosa mansión. Justo después de un silencio tan expectante que calaba los ánimos inició su discurso dirigido hacia la nada, solo un eco lejano le devolvía algo de su resonante voz. Su amarga soledad era ya un presagio maligno sobre los albores de su pregón. El viento silbaba de aburrimiento, mientras el hombre adoptaba una gallarda postura, como si pretendiese impresionar a la nada e incitar al viento a una tregua brevísima; y así inmovilizado su curso, aquel arranque discursivo aparentara ser mucho más memorable.

Muy a pesar de la inexistencia de almas en aquella sala, el hombre imaginó una muchedumbre exaltada por su presencia. Le gusto la idea de suponer un número mayor de mujeres que de hombres. Dicha preponderancia femenina entre la imaginaria muchedumbre acabó por embriagarlo. Esas féminas lo amaban como a nada en el mundo, distinguió entre la marea algunos rostros de sus amantes. Este hallazgo agrego virilidad a sus ademanes y profundidad a su voz. Su semblante, así como su irreverencia incrementaron notablemente. Postura, voz, seguridad, claridad de ideas y una incontrolable ansiedad por transmitir su mensaje explotó en la sala con aquella efusiva palabra inicial: ¡Mujeres!

¡Si, mujeres! esa es la única palabra que tiene sentido en este mundo. No conozco a hombre alguno que en el ámbito privado no sea esclavo de una mujer. Hasta aquellos estúpidos personajes públicos embriagados de fama doblegan su corazón ante una mujer en lo privado. Insensatos aquellos que lo niegan, negarlo no les salva del asunto. Sin embargo, he ahí a la mujer en su papel de segundo plano, vedla con su traje de ama de casa, vedla en su papel de personaje sentimental, he ahí el perfecto disfraz de la pequeñez. He ahí la más gloriosa e inexplicable grandeza oculta en un rostro suave y terso, en unos ojos de niña.

La peor enfermedad del hombre consiste en la incapacidad para comprometerse. ¡Esa es la verdad colegas! Porque toda mujer busca, aún sin saberlo, al sujeto capaz de asumir compromisos y ejercer cierta responsabilidad. Algunas mujeres del auditorio movieron la cabeza arriba y abajo en señal de aprobación. Y enseguida, nuestro orador, se disculpó por tener que llevar a otra fase el discurso. Dijo: entiendo la dificultad que implica para ustedes tener que soportar a aquellos que hablan de sí mismos, pero les aseguro que en este caso la alusión es estrictamente necesaria, puesto que mis azares en el caso me facultan para exponer mi experiencia.

¡Heme aquí! Acompañado de esta terrible soledad, como un vagabundo, como un extranjero en mi propio hogar. Recién llegado de un falso paraíso. Todas mis amantes me han abandonado en la cumbre de mi grandeza, a pesar de los deleites que supimos compartir. Mientras placeres van y placeres vienen nuestro corazón se engaña creyendo que no necesita amar. Un goce pasajero resulta el mejor antídoto para el aburrimiento, pero la repetición infinita y sin rumbo de goces pasajeros son el más efectivo anestésico para el enamoramiento futuro. Heme aquí, imposibilitado para amar. Impedido para asumir un compromiso duradero. Lo he intentado tantas veces que estoy por convencerme de su imposibilidad.

El camino es una primera mirada, seguida de una alegre charla, el beso en la mejilla, la segunda cita, el beso en la boca, unas copas de vino, un halago sincero, una frase insinuadora y una seca despedida. Un inesperado reencuentro, frases excitantes, luces en el rostro, oscuridad seductora y sexo suave. Despedida amable, pensamientos encontrados, nuevas citas en puerta, para finalmente llegar al aburrimiento. Encuentros poco duraderos que se resisten a prolongarse por extender una responsabilidad escurridiza. Rompimiento y abandono provocados por la incapacidad de hacer fuerte un compromiso. Esa es mi enfermedad, esa es la peor enfermedad del hombre. Sea por Dios que algún día se encuentre la cura.

El hombre del mueble con ruedas, se paró de un impulso e hizo una reverencia al frente en señal de haber concluido su discurso. La multitud aplaudió hasta sangrarle las manos. Valga esta exageración que solo ocurría en la mente de aquel hombre, mientras que aquella sala vacía de la enorme mansión se negaba a repetir hasta el eco de su voz. El hombre había conseguido su minuto de fama, sea pues considerado el minuto de su verdad.

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