Sep 27, 2011 - Narrativa Breve    No hay Comentarios

Conversación con un analfabeto


Un maestro de reconocida Universidad llegó a la ciudad a impartir una conferencia, hablaría de temas tan diversos como física cuántica y teoría de sistemas. La pequeña ciudad se sintió honrada de tan inmerecida visita. El hecho de que una pequeña población ubicada en los márgenes de la republica fuera distinguida con la presencia y disertación de uno de los teóricos más prominentes de los tiempos actuales, era sin duda un acontecimiento sin precedente. Nuestro conferenciante había tenido que llegar en vehículo, siendo trasladado desde el aeropuerto más cercano que, es pertinente aclarar, no estaba cerca.

El sabio no mostró indicios de pedantería, a pesar de que su primera impresión al llegar a la ciudad era de enfado. Su conversación con los miembros de la comisión de recepción fue cordial y modesta. Pronto se corrió la noticia por la radio, y la gente común creyó que aquella visita les dejaría la mejor enseñanza de sus vidas. Idea que de alguna manera había sido fabricada por la radio y la prensa local con la intención de laurear al distinguido visitante. El encuentro sería único, un solo día, una sola hora, un solo auditorio; era razonable pensar que el presenciar aquella conferencia sería una experiencia irrepetible.

La pequeña universidad anfitriona abrió la convocatoria a pesar de lo reducido del auditorio en que se dictaría la magistral conferencia. El tema fue: “Una ciencia para la sociedad” y se expondrían los avances científicos más recientes. Dadas las precarias previsiones del foro, apenas al comienzo del evento, el auditorio estaba abarrotado. Como se dice comúnmente no cabía ni un alma, ni un alfiler. La interrogante que sobresaltó a las autoridades universitarias fue aquella repentina obsesión por escuchar a un hombre de ciencia, en una ciudad tan pequeña cuyo tema jamás les había inquietado. Podía verse a gente de todas las esferas y de todos los oficios. Más tarde se explicó que la desafortunada frase de un locutor de radio fue la causa, pues anunció que se trataba de una especie de sanación espiritual, y la gente entendió algo religioso.

A pesar de la confusión, los oyentes no se retiraron. Dicha proeza hay que atribuirla al conferenciante que intuyendo la situación inicio su discurso con una agradable y graciosa disertación. Al entrar en materia, el interés disminuyó, la comprensión estaba reservada para especialistas, así que el auditorio se desinfló como un globo. Sin mermar su ánimo, y consiente de la complejidad de los temas, el maestro continuo su discurso, ante aproximadamente una cuarta parte de oyentes, con relación al número registrado en un inicio. Dicen que permaneció atento a la conferencia un analfabeto, que parecía absolutamente impresionado. Otro le preguntó que si realmente entendía algo y contestó en palabras parecidas a estas: no deja de sorprenderme la capacidad de los teóricos para formular conceptos o teorías incomprensibles y expresarlos con la convicción de que poseen coherencia. Su interrogador guardo silencio, con solemnidad no con desprecio.

Concluida la conferencia, nuestro paisano le preguntó al conferencista en una charla en corto: ¿Cree usted en Dios? No me subestime, añadió, no sé leer ni escribir, pero no soy idiota, puedo pensar. El visitante le explicó. Si creo, pero permítame explicarle como es que los hombres hemos creado a Dios. Para cualquier religión la idea de Dios está determinada por la omnipotencia, es decir, Dios es un ser con un poder absoluto sobre todas las cosas, es el ser que todo lo puede, todo lo ve, es el artífice de todas las cosas, el creador de todo cuanto existe. Nuestra tendencia a creer en los dioses está fundada en la convicción de que somos seres limitados y estamos expuestos al miedo y al dolor. Somos la antítesis de ese ser supremo. Hemos creado a los dioses como la personificación de nuestras aspiraciones, nuestro Dios es nuestro ideal, es decir, deseamos ser dioses, para dominar todo cuanto nos rodea, (y evitar el dolor y el miedo). Es natural que nuestra aspiración sea vencer nuestra debilidad y convertirla en poder, ese poder absoluto que solo posee Dios. Pero la realidad cotidiana nos demuestra que no logramos ser como Dios, aunque hoy día tenemos más dominio que antes sobre el mundo que nos rodea, siguen existiendo cosas que no podemos controlar, esa imposibilidad nos impide lograr nuestro ideal. Por tanto, creamos a Dios y creamos también el método o ritual para que sea nuestro aliado. De esa manera reducimos nuestro temor y llegamos a creer que controlamos el mundo y nuestro futuro.

La charla terminó con un murmullo del analfabeto ¿hemos creado a Dios a causa de nuestros miedos? Camino a su casa iba pensando en aquella contrariedad de haber creado a Dios en lugar de haber sido creados por él. Si nosotros lo creamos, entonces nosotros somos Dios y él es nuestra creación. Qué tontería, concluyó, el científico también es un analfabeto, y cruzó la puerta de su morada con una irónica sonrisa.

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