Sep 27, 2011 - Narrativa Breve    No hay Comentarios

Anécdota de un día de penumbra


Jueves por la tarde, otra vez frente a la computadora escribiendo precipitadamente, con la vista cansada. Se despide el ingeniero levantando la mano, apenas y veo su silueta perderse tras la puerta roja de la oficina. Aún están pendientes tres escritos de contestación a juicios de nulidad y recursos de revisión, pero estoy agotado, así que decido detenerme en ese instante y respirar profundo. Continuare mañana. Mientras mi cuerpo ejecuta mecánicamente el archivado de los expedientes y el apagado de la computadora, mi mente cavila sobre las actividades de mañana, y los asuntos pendientes que no podrán esperar hasta el lunes. Al darme cuenta, estaba estrechando mi mano con la del guardia de la entrada principal en la planta baja del edificio. Es casi seguro que me incorpore mecánicamente, apague la luz de mi oficina, cerré la puerta, desactive el ventilador, y apague las luces para dirigirme a toda prisa, escaleras abajo, hacia la puerta principal. No puedo tener la certeza de ello, pero tratándose de algo tan rutinario (que realizó todos los días), estoy casi seguro de que así fue.

Camino a mi casa tengo contados los semáforos, y la luz verde me recuerda la reconfortable cama flotando en mi recamara. Vivo una vida tan cíclica que pareciera que el hoy es calca del ayer pero que también lo será del mañana. Quizá el mejor momento de mi día es cuando termina la jornada, cuando por fin todo se oscurece y empiezo a soñar cosas que, por cierto, nunca recuerdo. Aunque tal vez el momento más difícil es aquel marcado por el estrepitoso sonido del enorme despertador color verde, que cada mañana insiste en levantarme a las seis horas antes meridiano cuando el sol empieza a iluminar. He ahí mi vida, todo siempre igual con su fuerte tendencia a no modificarse, excepto yo, que cada día me vuelvo más viejo.

Salvo ese día primero de noviembre, que el despertador verde gritó a las seis de la mañana y el sol se quedó dormido. El estúpido despertador desafió al astro rey, pero asome mi cara por la ventana y deduje que serían quizá como las tres de la mañana. Aunque mi sensación espontánea, tal vez inducido por el loco aparato, es que efectivamente eran las seis. Revise mi reloj de mano y también estaba equivocado, indicaba la misma hora, acudí a una tercera fuente, mi teléfono celular e igualmente estaba equivocado. Recurrí entonces a un recurso infalible, me conduje a la calle y camine una cuantas cuadras sobre la avenida, pero todo era silencio, todo era oscuridad. Para mi sorpresa, hasta el reloj de la capilla marcaba las horas inadecuadas.

Ni un alma en kilómetros a la redonda, la ciudad amaneció convertida en un pueblo fantasma. Una negrura matutina marcaba un destino horripilante. Cierta onda magnética había impactado la tierra trastornando los relojes de todo el mundo, fue una de las vertientes de mi explicación instantánea. El conjunto de los habitantes había sido engañado con este extraordinario suceso y seguían dormidos. Los negocios pequeños, así como las grandes empresas, esperaban el asomo del sol para iniciar el rodaje de toda la maquinaria humana. Los niños a la escuela, el transporte a toda marcha, anudarse la corbata, ponerse los zapatos, rezar un padrenuestro matutino… nada, nada de eso estaba sucediendo. Los humanos habían sido engañados.

Asumí cierto compromiso, que debía entenderse tácitamente como un deber. Resolver el problema y comunicarlo a los demás. Pensé que ante el engaño de mis sentidos debía recurrir al cerebro (aquella vieja tesis platónica). Deduje que la apariencia podría mentirme pero no el órgano más sofisticado del universo, el cerebro. Que si el sol ha salido todos los días desde que existe la tierra, es razón suficiente para concluir que hoy va salir, y que lo más probable es que salga. Pero la contradicción me replicó que esa no es razón suficiente y que también es posible lo contrario, que no salga. Del hecho de que siempre ha ocurrido de cierta manera no se sigue que así ocurrirá en el futuro. La lógica no tenía una respuesta contundente al respecto. Al menos, eso es lo que mi limitada reflexión me hizo concluir.

A pesar de que no podía tener la plena certeza de que tarde o temprano el sol saldría, me convencí de que existía una alta probabilidad de que así ocurriera. Mi última hipótesis, mientras el sol seguía oculto, era que podía tratarse de un sueño. Pero comprendí que esta conjetura era solamente el producto de un anhelo desesperado.

Por fin, la respuesta llegó a mi cabeza cual si fuera un objeto viscoso arrojado con violencia. ¡Ese día iniciaba el horario de invierno! No logré contener una risa burlona y algo reprochadora contra mí mismo. Aunque al final, luego de divertirme con mi loca distracción, me quede preguntándole al cielo ¿Qué pasaría si mañana no sale el sol?

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