La Provincia Sin Nombre

I

“La reflexión filosófica se vuelve así una tarea salvadora y urgente, pues no tendrá nada más por objeto examinar nuestro pasado intelectual, ni describir nuestras actitudes características, sino que deberá ofrecernos una solución concreta, algo que de sentido a nuestra presencia en la tierra”. Octavio Paz

El señorío del Rey Colimotl dicen que eran el más grande de la región. Enfrentó y expulsó a los purépechas de sus tierras. En la Guerra del Salitre demostró su músculo y se apoderó de territorios aledaños, por no decir, los recuperó de sus invasores. Opacaba a sus vecinos jaliscienses y michoacanos, tanto que los españoles ansiaban su sometimiento, y solo tras cuatro generales españoles emboscados y muertos en el intento, el señorío fue finalmente sometido. Es posible que su bravura haya sido relatada con quisquilloso reduccionismo, y el territorio de la provincia sea demasiado pequeño a lo que realmente correspondió a su grandeza.

Gonzalo de Sandoval hoy glorificado por los mismos nativos, fue el asesino de nuestro padre, el Rey Colimotl. ¿Debemos alabar a nuestro verdugo o debemos despreciarlo? Parece que nadie cree tener sangre de aquel grande Hueytlatoani, hemos despreciado a nuestros ancestros por permitir la derrota a manos de sus enemigos. Muerto nuestro padre nos hemos vuelto hijos de su asesino. Nos avergüenza la sangre del derrotado mientras anhelamos el parentesco del nuevo Rey, del triunfador.

Valga decir, en descargo del derrotado, que antes de morir entrego todo su esfuerzo en la batalla, tal vez pensaba en la deshonra de convertirse en el vencido y provocar la vergüenza de sus hijos. No pudo evitarlo, pero queda en el recuerdo su fortaleza en el combate, puesto que fueron necesarios cuatro cadáveres caídos del conquistador antes de ver caer el suyo. Ese es nuestro padre, ¿Cómo podríamos avergonzarnos de él?

La provincia quedó huérfana de padre, ¿acaso huérfana de nombre? Los vencidos tuvieron que sufrir la humillación de la derrota. No sabemos si esta raza, verdadera dueña de esta tierra, fue muerta en su totalidad y al mismo tiempo sustituida por sus conquistadores. ¿El nombre de Colima, fue una burla de los conquistadores o una muestra de generosidad? Tampoco lo sabemos, pero lo que es cierto es que a partir de la conquista se fraguó una nueva identidad, pues ya no se trataba de aferrase a los Colimas ni tampoco creerse español por solo vivir junto a ellos, o más bien sometidos a ellos.

A pesar del esfuerzo español no pudo ser impuesto todo su ser al vencido. ¿Pero que quedó del nativo después de 300 años? La mezcla nos dio (o impuso) la religión católica, el idioma español, y todo lo que estos elementos implican por si mismos. Erradicó casi por completo el dialecto original (náhuatl o yutonahua), el culto a deidades como Huehuetéotl y Tláloc. Pero hay dudas aún de lo que nos era privativo y nos daba identidad.

¿Qué era eso auténticamente original de esta provincia? Muchos dicen que no tenía rasgos teotihuacanos, que ni siquiera compartía caracteres de la cultura madre Olmeca, que no debía considerarse parte de la región de Mesoamérica. Los templos construidos sobre pirámides escalonadas que caracterizan a los centros políticos y ceremoniales de Mesoamérica, en la provincia sólo aparecen en los tiempos tardíos. Lo que se desprende de los vestigios arqueológicos nos muestra un arte centrado en lo domestico, en lo familiar. Las esculturas de mujeres, hombres, perritos, pericos, murciélagos, serpientes demuestran que los artistas observaban minuciosamente y amaban atodosesos elementos cotidianos. ¿Acaso las expresiones artísticas eran una reproducción casi fiel de las características físicas de sus hombres y mujeres, y de los elementos de la geografía, imposibles de ocultar? ¿Qué nos queda de la cultura y el comportamiento de esos hombres y mujeres que pueda serles realmente original?

Si nos remontáramos en el tiempo, en esta provincia Sin Nombre puede imaginarse una tierra despoblada cuya hegemonía estaba en manos de los animales feroces y de la naturaleza. Migrantes de tierras del sur o quizá del norte llegaron a fundar un pequeño reino, esos fueron los primeros habitantes. Cuando se adueñaron de la naturaleza y se sintieron parte de esa comarca, entonces puede decirse que surgieron los primeros provincianos de esta tierra, sus dueños. Como no puede brotar el hombre de la tierra, cual si fuera un parto de una madre inexistente, este es el origen de los primeros habitantes de la provincia Sin Nombre. Después, ellos crearían su propia cosmogonía para darse una identidad, mientras tanto, ellos eran el origen.

La pregunta es: ¿Qué los hacía diferentes? Sus cosmogonías pueden interpretarse por la creencia en la vida después de la muerte. Las “tumbas de tiro” eran sepulturas que iban acompañadas de ofrendas que parecían simbolizar el tipo de vida del difunto: su actividad, piezas de ornato, enceres, indumentaria, y su nahual, es decir, el compañero en el viaje al inframundo, disfraz del dios de la muerte, que conduce o guía el alma del muerto a través de los nueve torrentes que separan al difunto del cielo. Este nahual era un animal que podía ser un loro, un pato, una víbora, y en la provincia, usualmente era un perro: los perros pelones o izcuintli. Esa puede ser una de sus características únicas y más peculiares, su nahual: el perro pelón.

Pues las “tumbas de tiro” no son exclusivas de la provincia, se han encontrado también en sitios arqueológicos de Jalisco y Nayarit, e incluso son particularmente abundantes en Sudamérica en el área de Ecuador y Colombia. Los centros ceremoniales y las deidades fueron tardíos en la provincia, y por tanto se interpreta que fueron influencia de culturas anteriores. También el juego de pelota y sacrificios humanos que supuestamente se han podido deducir de los vestigios, tampoco le son privativos, ni le dan identidad. No quiere esto decir que no tengan relevancia, desde luego que si, solamente que debe hablarse de todo ello como una característica de la nación, no de una de sus partes (como algo derivado). Que sin embargo, debemos reconocer que si tratamos de encontrar lo que nos es más propio debemos prescindir por el momento de las adopciones o imposiciones de culturas dominantes en la región (o evitar generalizar, sin buscar diferencias).

Además, debe diferenciarse el medio físico (la naturaleza o geografía) de la actividad humana: la cultura. En cuanto a lo primero, la provincia Sin Nombre, sobresale por la majestuosidad de sus volcanes, su contacto con el mar, es decir, su carácter costeño, el clima cálido semihumedo, la sismicidad de la zona y la abundancia de agua. El medio físico, sin embargo, no está aislado completamente de la actividad humana, hay incluso quien sostiene que esta última es producto del primero. Y reconocemos el acierto de esta afirmación cuando encontramos la influencia del volcán, el clima y los sismos en las construcciones. En la zona arqueológica de La Campana, el adoratorio piramidal ubicado al centro con forma de talud semeja la silueta del Volcán de Fuego, que era objeto de importante culto en esa época. Los techos de palma respondieron a las necesidades de una región sísmica y los sistemas de drenaje pluviales, a la abundancia de lluvias y agua en la zona.

Sobresale de manera relevante el Volcán de Fuego. Pues no solo era objeto de culto en el pasado, también hoy día la provincia Sin Nombre se aferra a él, se aferra a su pasado y ubica a su coloso como elemento central de identidad. Pero no puede aferrarse a él físicamente, solo desde la emoción, pues el coloso no esta en su territorio[1]. Estrictamente, se está adorando un Dios extranjero; pero que importa si es más nuestro que de nadie dirán los provincianos. Es cierto, pero duele pensar siquiera que no está en tu tierra y que al adorar un Dios ajeno pudieras perder tu identidad. Pero, ¿cuándo nos fue arrebatado nuestro Volcán de Fuego, cuando se llevaron nuestra identidad? ¿Acaso nunca fue nuestro, porque nunca existimos realmente despegados de Jalisco o Michoacán? La incógnita la debiera despejar la historia, aunque no soportaríamos que la historia nos traicionara diciendo que nunca ha sido nuestro. Si la historia tuviera esa osadía diríamos entonces que la historia es un fraude[2].

Si nos han quitado el Volcán de Fuego aún tenemos al Rey Colimotl. Cuya grandeza nos hará sentirnos orgullosos de nuestra estirpe. Pero alguien ha dicho ya, que el Rey es un mito, y ha sembrado la sospecha[3]. El ultimo resto de nuestro pasado que nos hacia únicos, del que nos asíamos con más fuerza, ahora pretende ser destruido. No nos quiten a nuestro padre, no digan que es un mito. Porque ahora ya no sabremos qué es lo que somos en realidad.

¿Acaso nos queda solamente nuestro nahual: el perro pelón? ¿O alguien vendrá a decirnos que lo copiamos a Jalisco o Nayarit, o que fue traída la costumbre de Sudamérica? Hasta ahora no nos han provocado esa aflicción. Pero parece que decir que el perro pelón es nuestra identidad no nos hace sentirnos grandiosos como quisiéramos. Es un perro que representa al Dios de la muerte, solo se trata de un disfraz. Pero aún, cuando detrás del perro pelón haya un atisbo de divinidad, la Provincia Sin Nombre sigue huérfana. Anhela una identidad que abreve en grandeza, que sea autentica y original. Si cedemos a la peculiaridad del perro pelón tendríamos que imponerle a la provincia el nombre de Izcuintla (la palabra en nuestro idioma original) [4]. Reconociendo, al mismo tiempo, la sombra de duda sobre nuestro padre, el Rey Colimotl, y sobre el Volcán de Fuego.

La provincia no ha cedido a su imaginario pasado, y sigue sin nombre. Pero la conquista le ha forzado a reconstruir su identidad. Era imposible que permaneciera intacta ya que el idioma castellano y la religión cristiana entró en notable contradicción con lo que nosotros éramos hasta entonces. No dejamos nuestra sangre y nuestros orígenes pero mutamos a otros seres. Y es que tan solo con la adopción/imposición del idioma, la forma de pensamiento deja de ser la misma. Como lo sostiene Pedro Henríquez Ureña: “Cada idioma es una cristalización de modos de pensar y de sentir, y cuanto en él se escribe se baña en el color de su cristal”.

La identidad posee dos características esenciales: la atemporalidad y la mutación. Parecen contradictorias pero no lo son. La atemporalidad implica todo aquello que no puede ceder al tiempo, aquello que ha construido a nuestros fundadores y ha quedado fijo para siempre en nosotros. Nuestros ancestros son responsables en gran medida de esta característica. Derivado de esto surge la mutación, que sin embargo no se trata de cambios radicales sino transformaciones lentas (pero en ocasiones drásticas o dolorosas) que nos hacen mudar nuestro antiguo traje por uno nuevo, o mejor dicho, nos hacen ponernos un traje nuevo encima del viejo, porque ese traje viejo, que es la atemporalidad, no podemos quitárnoslo, pues parece que fuera nuestra propia carne.

Ese nuevo traje ha sido tejido con nuestras propias manos, si se quiere con técnicas aprendidas de otros, pero solo a través de nuestras manos. Al paso del tiempo a nuestros hijos se les olvida que llevan un traje abajo del nuevo, se creen solo españoles aunque por sus venas corre sangre de indígena. Y en parte pudieran tener algo de razón, pues ¿qué queda del Rey Colimotl y de sus hijos, si se perdió el dialecto y las deidades? ¿Somos acaso indígenas atrapados en el cuerpo de españoles, o somos mentes hispanizadas en cuerpos de indígenas?

Lo único cierto es que después de la conquista no podíamos permanecer en la idea de ser aún una raza intacta, sometida, pero intacta. La mezcla de sangres, costumbres e ideas produjo un nuevo hombre: el mestizo. Ya no podíamos ver al español como un enemigo, porque podía ser nuestro padre o nuestra madre. Lo atractivo para el conquistador es, afirmar que los vencidos fueron erradicados, pero deberá reconocer que tres siglos después aún había indígenas caminando por las calles, e hijos de indios trabajando la tierra. La erradicación total no fue posible. ¿Qué quedó entonces, que era esa mezcla? ¿Qué había en el mestizo de las características originarias del español y del indígena? Se nos antoja posible mayor grado de influencia del conquistador que del vencido, sobre todo en lo cultural, pero no de manera definitiva como para suponer la anulación de una cultura sobre la otra.

Vamos a pensar en esa posibilidad, aunque algunos la descarten. El nuevo hombre “adoptó” el castellano y la religión católica. El español, y el europeo en general, conocieron el maíz, el cacao, el jitomate y se impactaron con la idea de un Nuevo Mundo. Les hizo pensar en el estado de naturaleza, en el supuesto contrato social que dio origen al Estado, etc. Solo la soberbia les hará decir que América nada representó para ellos en la cultura y en el quehacer cotidiano.

II

“Si no hay formulas universales y seguras, la realidad es que cada país debe hurgar en su experiencia histórica para encontrar su propio camino”. Carlos Fuentes

 

Después de la conquista Gonzalo de Sandoval, el verdugo de nuestro padre, fundó una Villa en Caxitlan, lugar cercano a la costa. Posteriormente Francisco Cortés de San Buenaventura trasladaría la villa a su actual ubicación, dándole el nombre de San Sebastián. Cortés de San Buenaventura exploró y conquistó territorios hacia el norte (sur de Sinaloa) ampliando el territorio de la nueva provincia. Pero con la creación del reino de la Nueva Galicia, la Provincia Sin Nombre perderíatodossus territorios situados al norte del río de Cihuatlán o Marabasco, y la región al sur de la Laguna de Chapala, llamada entonces Pueblos de Avalos. Por el sureste conservó hasta casi el final del siglo XVI la región de los Motines, hoy perteneciente a Michoacán, y hasta el XIX en el nordeste el corregimiento de Xilotlán, hoy en Jalisco. Este acto de reorganización del virreinato la subordinaría a la Intendencia de Guadalajara (reino de Nueva Galicia), cuando desde su fundación había sido una alcaldía mayor.

Esta decisión de la Corona Española la redujo a subdelegación política, e incluso la subordinó en lo religioso a los obispados tanto de Valladolid como de Guadalajara, en diferentes momentos. Decisiones políticas similares, posteriores a la independencia, le hicieron ceder a Zapotlán los pueblos de Tecalitlán y Xilotlán, a cambio del pueblo de Tonila. En 1824, por un breve periodo, sería territorio autónomo, pero en 1837 lo volverían a someter a Michoacán. Después de convertirse nuevamente en territorio autónomo en 1836; es hasta 1857 cuando se le declara Estado de la Federación, independiente de sus vecinos Jalisco y Michoacán. ¿Por qué esa lucha por declararse un pueblo mayor de edad, digno de su propio gobierno? ¿Por qué esa visión de los gobernantes de negarle el estatus? ¿Simple estrategia de organización política o creencia de falta de talento de sus líderes?

Parece que los líderes provincianos eran simples administradores de una región que no les pertenecía. Se les consideraba menores de edad para ser capaces de dirigir su propio destino. ¿Somos acaso el residuo de las luchas entre dos grandes? ¿Somos el resultado de una batalla perdida de una de las partes, o emergimos como un pequeño gigante que se negó a ser tratado como un niño? Ese niño rebelde que dijo: soy igual que ustedes par de ancianos codiciosos, porque a pesar de ser tan pequeño los igualo en codicia. Pues quiero ser mayor a pesar de ser pequeño.

Pero el niño se volvió adulto por su pedantería. ¿Eso le hizo adulto realmente? No lo sabemos, pero ahora pasa como adulto en las reuniones de políticos a pesar de su baja estatura. Esa transformación del pequeño territorio en gran Estado, se produjo a mediados del siglo XIX. Una vez que la nación Mexicana obtuvo su independencia y tuvo que reorganizarse, la provincia Sin Nombre se hizo Estado, ahí empezó la conquista de su verdadera identidad. Transcurrió el gobierno Juarista, gobernó don Porfirio Díaz durante aproximadamente 30 años, la revolución lo derrocó y cuando iniciaba la transformación de México, la provincia Sin Nombre se dio cuenta de que aún estaba estancada. Se trata de la gestación de un pueblo que buscaba su autonomía y su propia identidad. Se trata del nacimiento del nombre de aquella provincia que carecía de él. Poseedor de la atemporalidad de su identidad pero carente de la mutación que lo redefinía. El nombre representaba la actualización de su identidad, sin abandonar su viejo traje, pero tratando de descubrir el nuevo que estaba tejiendo y traía puesto.

La metáfora parece absurda, pero tiene sentido. Un Estado de la Federación sin nombre no es concebible, pero si pensamos que el nombre es: Sin Nombre, entramos a la metáfora. De paso hay que decir que este nombre (Sin Nombre) es provisional hasta que podamos darle uno a través de nuestras indagaciones. Se trata de descubrir la identidad de este pueblo, ¿qué caso tiene darle un nombre que no refleje su identidad, una palabra vacía que mienta sobre lo que es? El nombre por su característica de atemporalidad sería, como ya dijimos, Izcuintla, aunque no hemos quedado muy conformes, pero el nombre que refleje su mutación aún debemos asignárselo de acuerdo a esta época última de su renovación.

Debemos rechazar el Jaliscolimán que soñaba Juan José Arreola aunque reconócenos el noble sentimiento con que este gran escritor hizo esta expresión, y reconocemos además la realidad de una misma entidad geográfica, étnica y moral, con los habitantes de las regiones aledañas, como Tonila, Tuxpan, Zapotlán (hoy Ciudad Guzmán), entre otras; el problema es que no por tratar de diferenciarnos nos veremos como enemigos. Somos parte de una grandiosa nación y somos hermanos, compartimos un pasado que nos une entrañablemente. Incluso puede decirse que históricamente siempre estuvimos unidos, pero ahora decisiones políticas han convenido en separarnos. Y aunque separados permaneceremos unidos. Sin embargo, estamos en la búsqueda de la biografía de lo que queda de nuestro pueblo.

Merece nuestra atención una de las características relevantes de la Provincia Sin Nombre, la de su condición de finisterre novohispano, es decir, de provincia marginada en la Nueva España. Pareció que en un principio este estado de cosas era del agrado de los habitantes de este territorio; un modo de vida aislado, centrado en lo cotidiano. Sin embargo, al paso de los años la experiencia les va mostrando los inconvenientes de esta marginalidad; Romero de Solís nos dice: “su territorio, saqueado por individuos de comarcas aledañas; la triste condición de sus naturales; una agricultura paralizada y la explosiva presencia de numerosos “vagos” era caldo de cultivo para toda clase de violencias”. Y es tal vez este inconveniente el que le hace perder su autonomía, subordinándola a la Nueva Galicia.

Sin embargo, tal como lo apunta la historia, la pérdida de la autonomía generó un sentimiento de retorno a la marginalidad e independencia, con todo y sus dificultades, ya que el sometimiento al arbitrio y destino de instancias foráneas implicaba una incomodidad mayor: un dejar de ser. Al encontrarse en el centro de la disputa entre Jalisco y Michoacán, su territorio se convierte en una manzana de la discordia. En algunos aspectos la conveniencia de la anexión era monetaria, de perspectivas de mayores ingresos para los gobiernos peticionarios de la anexión.

Tampoco se trataba de llevar la tesis de la marginalidad al extremo, como el caso del tirano paraguayo, el llamado Doctor Francia (Gaspar Rodríguez), que basándose en la premisa de que Paraguay no estaba dispuesto a cambiar la dominación de España por la de Brasil o Argentina convirtió el asilamiento de esa nación en una virtud nacionalista, explotada a su favor al nombrarse líder perpetuo, “El supremo”. Clausuró el país con el pretexto de salvarlo de la absorción, prohibió el comercio, el viaje al extranjero, y aún el correo entre su nación fortaleza y el exterior. Guardando la debida proporción, resultaría atractivo analizar, en las condiciones de posibilidad históricas, como impactaron este tipo de acontecimientos en la formación del carácter de los habitantes de esta provincia.

¿Cuál es el impacto o consecuencia de ese anhelo de un aislamiento y de una autonomía propia? Las posibilidades pudieran ser diversas y variadas, me aventuró a proponer algunas de ellas. La primera consecuencia de la marginalidad o aislamiento, podría ser el apego a la vida cotidiana, el sentimiento de contento con aquellas actividades diarias, por muy relevantes o banales que pudieran llegar a ser. O quizá deba decir, que lo primero es la creación de un estilo de vida basado en ciertas actividades cotidianas a las que se llega a apreciar en demasía. El aprecio es, tal vez, una derivación de aquel sentimiento de haberlas creado y de la seguridad que produce su realización. Podría entonces, en primer lugar afirmarse que esta sociedad tiende a ser muy conservadora, y que es reacia a los cambios impuestos desde fuera, puesto que le evocan el dominio extranjero, y la dolorosa subordinación.

En segundo lugar, otra consecuencia posible es el sentido de desapego que podría generarse en los habitantes, respecto de la pertenencia a una comunidad nacional. Cuando esta gran comunidad te margina, entonces acabas por aceptar tu marginalidad y se desarrolla un sentimiento del otro como alguien ajeno a ti mismo, aunque se suponga que eres solo una parte de ese otro. O bien, puede ocurrir exactamente lo contrario, es decir, la aparición de un sentimiento de dependencia muy marcado. Incluso podemos observar que a lo largo de la historia de la provincia gobernantes enviados desde el Centro, casi nunca oriundos de esta tierra, ejercieron el mando político y militar en el territorio, bien podríamos decir que nunca se auto gobernaron. Cuando se les concede el nivel de Estado y se elige al primer gobernador, brotan los sentimientos de autonomía e independencia, surge el espíritu de ser, es decir, por primera vez sentían llevar las riendas de su propio destino. No obstante, el asesinato del primer gobernador, a los pocos días de haber asumido el cargo, apaga los ánimos de mayoría de edad y los regresa a la dependencia, volviéndose a ceñir a las decisiones del Centro. La anhelada mayoría de edad resultó una carga muy pesada, entonces pareció demostrarse cierta incapacidad para gobernar su propio destino. Pero el anhelo de autonomía no se apagó completamente[5].

Por último, en el carácter de los miembros de dicha comunidad podría producirse un sentido de asombro ante los visitantes extraños. Lo que implica desde luego que pudieran estos últimos dejar una influencia muy marcada en ellos. Una influencia que solo podría llegar a producirse cuando exista un asombro que les produzca un consentimiento expreso para aceptar una nueva costumbre o adoptar un nuevo comportamiento. Esta es la otra cara de la moneda, es decir, aún cuando la marginalidad entraña el conservadurismo, este al mismo tiempo se flexibiliza por el asombro que en algunos casos llevaría a la imitación.

Aún habría que detallar, las bondades de la apertura y los inconvenientes del asilamiento, y que queda aún realmente de estos sentimientos, dado que el impacto de sucesos históricos de gran relevancia modificaron de manera importante los esquemas a lo largo de la historia. Tal es el caso de la revolución y la guerra cristera. Incluso hoy día se han incorporado elementos de influencia de un enorme peso como la mezcla cultural de personajes de otras latitudes nacionales e incluso extranjeras, y además el influjo de otras culturas a través de la televisión. Pues basta preguntarse cuántos jóvenes, incluso adultos, consumen su vida frente a dicho aparato y llenan su mente de extravagancias de otras culturas, sin preocuparse por la historia y la construcción de la identidad de su propio pueblo.


[1] El pequeño cachito que pertenece al territorio es quizá menos de la mitad de su extensión total, es como si nos hubiesen concedido la propiedad de aquel lado o fracción que tenemos a la vista, y hubieran satisfecho con ello nuestra intranquilidad de perderlo en su totalidad.

[2] Pareciera muy radical el criterio de atender rígidamente a la división política del territorio, porque la región comparte una historia común, los estudiosos la han nombrado el Occidente de México, han dicho que se compartían características fundamentales, que sobresalía un desarrollo precario respecto a las grandes culturas mesoamericanas como los Aztecas o los Mayas. Dicen que el occidente de México abarca porciones de al menos ocho estado de la república mexicana: Sinaloa, Zacatecas, Nayarit, Jalisco, Colima, Guerrero, Michoacán y Guanajuato. Que no existían asentamientos con gran desarrollo arquitectónico, los caracterizaba una vida aldeana centrada en las artesanías.

[3] José Miguel Romero Solís ni siquiera lo menciona en su Breve Historia de Colima, y el desdén es una forma de negación.

[4] Pero ya existen otras ciudades o Estados con ese nombre. Tal es el caso del Departamento de Escuintla en Guatemala, o los municipios de Santiago de Ixcuintla en Nayarit y Escuintla en Chiapas.

[5] La historia nos enseña que durante mucho tiempo se clamó por la autonomía y justo cuando esta es concedida su adopción plena resulta muy problemática. Bastaría recordar la diversas ocasiones en que el Senado decretó la desaparición de poderes en la provincia y los gobernantes foráneos que fueron enviados desde el Centro para “presidir la reconstrucción política de esta localidad”, como lo sostiene Romero de Solís: la provincia “se fue forjando en la adversidad y en oposición a las instancias foráneas, a partir de 1880, perdida su autonomía, Colima va siendo moldeada al son del poder central a través del caciquismo político y económico hogareño que tamiza, resguarda, cobija, intercede, controla, instruye y mediatiza”.

27 septiembre, 2011

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