Sep 27, 2011 - Cuentos    No hay Comentarios

Viaje a la locura

Fue un 23 de abril de 1953 cuando el abuelo entró en su biblioteca, más tarde ese día sería nombrado por la UNESCO como el Día Internacional del Libro, parece una notable coincidencia pero la verdad es que La Unión Internacional de Editores tiene un vínculo extraño con el suceso que ahora voy a relatar. La versión oficial ha sido que ese día era especial por la coincidencia del fallecimiento de los escritores Miguel de Cervantes y William Shakespeare en la misma fecha en el año 1616, aunque sabemos que esa aseveración es falsa porque realmente los eventos no ocurrieron en el mismo día, debido a que la fecha de Shakespeare corresponde al calendario juliano, que sería el 3 de mayo del calendario gregoriano y que Cervantes falleció el 22, siendo enterrado el 23.

No sé porque impera la manía de inmortalizar fechas fúnebres en lugar de natalicios. Es más notable el día en que los genios llegaron a nuestro mundo, que el día en que los perdimos, porque no debemos recordar el momento de dolor; la clave está en recordar el día del nacimiento, o en el peor de los casos ambas fechas. Dígame usted, por ejemplo, cual día le parece más memorable, el del nacimiento o la muerte de Cristo, una fecha es motivo de regocijo y esperanza, la otra de sufrimiento y dolor. Pero por alguna razón el ser humano prefiere recordar su fragilidad y su miseria.

La biblioteca del abuelo era una especie de recinto sagrado, propiamente un templo dedicado al Dios de la Lectura, o al Dios del Libro, el abuelo mostraba mayor inclinación por Cervantes que por Shakespeare, esos libros representaban una colección única, pues tenía ediciones de lujo de las mejores editoriales, y además poseía fragmentos de los manuscritos originales o ediciones facsimilares de estos, que estaban ubicados en vitrinas impecables que aseguraban su genuina conservación a pesar de su antigüedad. Sobre su autenticidad puedo decir muy poco, pero no cabe duda que fueran invaluables para él.

Debo confesar que el viejo descendía de una familia de renombre del antiguo Imperio Español, nacido, criado y educado en la Ciudad de México. Se graduó en filosofía y letras en la Universidad Nacional Autónoma de México, hizo innumerables posgrados en literatura, en México y el extranjero. Escribió un librillo de pocas paginas que hoy día se conserva en la Biblioteca Nacional, pero que sin embargo, no sé por qué razón ha sido poco difundido. El abuelo conoció a Alfonso Reyes, y convivió con los integrantes del Ateneo de la Juventud. Por esta ocasión omitiré su nombre, aunque es evidente que ya aletea sin control sobre sus cabezas, pero la anécdota exige hacerlo de esta manera.

Sus días eran bastante rutinarios, dedicaba gran parte del día en complejas y extensas lecturas. Eso le redituaba una impresionante sabiduría que, a pesar de su sencillez, le era imposible ocultar. Poseía membrecías especiales de importantes librerías del país, y era muy reconocido en las bibliotecas de la ciudad, debido a sus asiduas visitas, incluso nocturnas. Semanas antes del acontecimiento había conseguido una impresionante colección de libros de literatura hispanoamericana que se había propuesto leer sin parar, más tarde nos dimos cuenta que la afirmación era literal. El acontecimiento que con tanta demora he insinuado es lo que ocurrió las semanas posteriores al 23 de abril de 1953 en que el abuelo decidió entrar a su biblioteca para leer hasta la muerte. Ingresó como un anciano decadente, es cierto, pero aún estaba lleno de vida y entusiasmo, pero tristemente salió en un féretro. Todavía se me estremece el cuerpo al mencionar este acontecimiento, y me reprocho no haberlo salvado mientras pude. Comprenderán que omita detalles lastimosos a fin de no herir más mi corazón con esos recuerdos.

Parecía un día normal. Unas horas de lectura y luego a jugar con los nietos o platicar con la abuela, pero ese día algo salió mal, el abuelo no salió de su biblioteca y pidió que le llevaran la cena. Nadie se alarmó demasiado pues se le veía muy entusiasmado y sonriente. Los próximos tres días pidió nuevamente la comida en la biblioteca, y las cosas adoptaron un nuevo matiz. La abuela salió alarmada cuando se percató que los últimos días el abuelo no había probado bocado; permanecía inmóvil en su sillón, leyendo, mientras aseguraba tranquilamente: “todo está muy bien”. Pero era visible su cansancio y debilidad. Mi abuela dijo que se había vuelto loco, y que le escuchó preguntarse cuando creía estar solo: “¿Qué experiencia tan extraña debe ser esa de morir leyendo?”. La alarma no se hizo esperar entre la familia, el abuelo había decidido morir leyendo.

Al día siguiente -era un lunes si mal no recuerdo- llegó el tío Rodolfo desde Monterrey a visitar a su padre, para pedirle que abandonara esa locura de leer hasta la muerte. El abuelo pidió su última voluntad, que lo dejaran leer algunos libros de Jorge Luis Borges. Unos días después toda la descendencia estaba al pie de su escritorio rogándole que abandonara la biblioteca. La operación tuvo éxito y el abuelo fue atendido por los médicos, y durante unos días estuvo impedido para leer. Pero la verdad es que no mostró mejoría, y dijo que realmente su familia había confabulado para matarlo. Pero en un descuido tuvo una recaída, y fue encontrado nuevamente en la biblioteca, decidido más que nunca, a leer hasta la muerte. Desde ese día poco pudimos hacer, pues ni siquiera toleraba que lo interrumpiéramos un instante.

Un grupo de especialistas integrado de nutriólogos, gastroenterólogos y psiquiatras aguardaba en un cuarto contiguo para vigilar su salud. Habían ideado la estrategia de alimentarlo por el suministro de agua. Cuando renovaban su jarra de agua suministraban discretamente diversos nutrientes esenciales para mantenerlo vivo. Cuando dejo de tomar agua ya no pudieron hacer mucho por él. Sus ojos habían perdido su luz, su barba había crecido demasiado y no había mudado su ropa nunca. La estampa era aterradora, nadie en su sano juicio se atreve a recordar aquellos momentos. Permítanme concluir el relato rememorando el último momento de su muerte, como él hubiera deseado que se le recordara. Tenía en su regazo el libro de “El Laberinto de la Soledad” de Octavio Paz, su libro favorito, en una edición que incluía “Posdata” y una entrevista concedida a un reportero francés. Creo que lo leyó más de diez veces. Amaba ese libro. Aquel rostro de ojos apagados proyectaba a la vez una tranquilidad y un desasosiego difícil de explicar. Creo que al final abandonó este mundo sin mucho dolor, pero aferrado a una esperanza. Tal vez su esperanza fue que algún día se escribiera su historia, y que el mundo recodara su hazaña sin juzgarlo demasiado por aquella locura. Pero no hay otra forma de contar la historia, pues realmente fue un viaje a la locura.

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