Sep 27, 2011 - Cuentos    No hay Comentarios

Mi sueño

Esa noche soñé que te acordabas de mí, que tu voz suave con ternura me hablaba al oído cosas de amor. Tal vez esto se debió a la distancia que hoy nos separa, a mi cansancio de vivir en la indiferencia, olvidado por tu corazón e ignorado por tus sentidos. El caso es que esa misma mañana cuando desperté sentí un raro confort como si efectivamente hubieras hecho lo que soñé. La fantasía me capturó y me convencí que era mejor soñar que vivir, por eso cada instante esperaba con impaciencia la llegada de la noche para que aparecieras en mis sueños y volver a experimentar esa sensación tan placentera de felicidad a tu lado. Perdí las ganas de vivir, las horas del día transcurrían ante mi indiferencia, nada me motivaba tanto como ver caer la noche y perderme en el sueño.

Un amanecer, cansado del fastidio de la luz del sol decidí dormir todo el tiempo y nunca despertar para disfrutar de tu compañía; pero no lo logré. Opte entonces por convertir en un ritual mis horas de sueño, cambie mi cama vieja por una de las más confortables que existen, cuidé hasta el más mínimo detalle en mi recinto para que cada espacio, cada objeto, cada olor, cada imagen, me indujeran al sueño. Ore a Dios cada día con más fervor para que se apagara el sol, con la esperanza de que en una fecha no muy lejana se careciera de crepúsculo. Me aficioné al ocaso, cada tarde subía a la colina y ahí sentado sobre el pasto seco observaba con inexplicable afición el nacimiento de la noche, que significaba el principio de mi verdadera vida.

Una noche de finales de septiembre tuve el sueño más fabuloso de todos, estabas allí en mi balcón sentada a mi lado: exuberante, fantástica, exquisita; ambos mirábamos con tranquilidad las estrellas, ese cielo vibrante que parecía tan desnudo como tú bajo tu vestido liviano. Tu bello rostro casi infantil parecía ignorar su fantástico poder. Mientras que yo secretamente me consumía en un horno infernal de localizada codicia. “Sin embargo, no me atrevía a acercarme, como un pusilánime respetuoso de la ley. Mientras mi cuerpo sabía que anhelaba, mi espíritu rechazaba cada clamor de mi cuerpo”. La circunstancia del sueño, no planeada ni controlada, le dio un sello más fuerte de autenticidad, de manera que la espera me produjo una ansiedad desorbitada que al colmarse con tu beso creó el momento más placentero y hermoso de que se tenga noticia en la historia universal del amor. Ese roce de nuestros labios me puso al borde de la demencia y permaneció en mi sangre durante semanas.

Cada noche en la oscuridad vivía mi verdadera vida a tu lado, la otra que estaba en la luz se convirtió en una apariencia. Pero una mala noche un sueño me hizo sentir dolor, no puedo explicar por qué ocurrió aquello cuando todo había sido tan perfecto. Ese ciclo me mostraste una indiferencia inexplicable, casi parecida a las de mi opaca vida en la luz. Entonces sentí miedo de que aquello se volviera a repetir; pero por fortuna me di cuenta que el error fue que la noche anterior había olvidado tu cumpleaños. Una vez corregida la desatención, mis sueños volvieron a ser como antes, y en adelante cuide hasta el más mínimo detalle en cada uno de ellos.

Convertido en un hombre absolutamente taciturno renuncie a volver a verte en mi falsa existencia de día, enviciado por el goce de la vida en mis sueños tuve cobardía que esa mujer de carne y hueso fuera infinitamente inferior a la imagen de mis soñolencias. Renuncié a la posibilidad de buscarte, a acortar las distancias, acabe por dejar de enviarte cartas, tiré todas tus fotografías, ese insulso pañuelo perfumado perdió sentido, borre de mi memoria tus gestos, ademanes y frases favoritas. Acabe por crear una mujer muy superior a ti, con todo aquello que creí que te faltaba. Ahora solo vivo para soñar y anhelo nunca ser despertado.

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