Sep 27, 2011 - Cuentos    No hay Comentarios

Leer un libro

No es fácil el primer día de clase del alumno, tampoco lo debe ser para el maestro, uno sentado en la butaca en la condición de aprendiz, el otro arrojado al escenario en su papel de sabio. Ese día llegue al aula con un libro de Juan José Arreola bajo el brazo, hastiado de tecnicismos jurídicos me abrace algunos días a la literatura mexicana, encontré en Rulfo, Paz y Fuentes rasgos de mi propia vida, escudriñe un pasado que nunca me fue ajeno. La misma sensación esperaba obtener de Arreola, apenas empezaba a encontrarme en las rusticas palabras de los relatos de varia invención.

Nos han enseñado que se aprende en los libros escolares la sabiduría. Nos han incitado a leer cosas que poco entendemos, y que acaban por colmar nuestra paciencia. Sin embargo, he descubierto en la literatura una fuente de sabiduría más abarcadora. Atrayente y gozosa, novelas, cuentos, poesía, que nos enseñan tanto como queramos ver. Así llegue a la clase, descarriado de la ciencia y con la creencia de encontrar en el arte literario todo eso que precisaba, lo único que podía producirme el sentimiento de plenitud buscado.

Ubicado en el escenario escolar encontré un joven maestro con sabiduría madura. Un amante de la literatura que recitaba versos como si los hubiera hecho suyos desde la cuna. Un hombre de palabras atrayentes, de conocimientos profundos que arrastrado por la ciencia se veía obligado a enseñar cosas complejas cuando su alma ansiosa anhelaba discurrir sobre literatura clásica. Imposibilitado para ocultar su veneración a los literatos pronunciaba sus palabras dejando que ellos hablaran a través de su boca.

Tuve la sensación de ser influido por sus palabras y a la vez identificarme en ellas. Esa experiencia personal del encuentro con los libros ha sido reveladora. Cada día buscamos un nuevo libro, en nuestra pretensión de leerlo todo, tocar sus pastas, hojear el papel, acariciar el contorno y percibir su olor, el libro amenaza nuestro bolsillo porque ha logrado enamorarnos y ya no podremos zafarnos de él. El enamoramiento es peligroso porque cruzamos la puerta de la librería y ponemos un paso en la calle con la sensación de que endeudarse valió la pena. Cada que tenemos oportunidad en el trayecto a casa o a la escuela echamos un vistazo al libro, regocijándonos por el tesoro que hemos adquirido, y anhelando tal vez, que aún este ahí, como si fuera un objeto casi con vida que podría huir de nuestra orgullosa posesión.

Somos como el niño con juguete nuevo, que cada que ve, toca o huele su juguete siente un extraño regocijo inducido por la posesión valiosa. Todo este escenario tan conmovedor se produce antes de iniciar el juego. Pero cuando nos ubicamos en nuestro lugar favorito, en una soledad silenciosa y abrimos nuestro nuevo libro, comienza una aventura fascinante. Ese viaje que iniciamos a través de nuestra propia mente, y la conducción del autor, está lleno de pasajes íntimos. Sin quererlo encontramos en los personajes de la historia, algún rasgo de nuestro ser, nos vemos descubiertos por la genialidad del autor. Empezamos a creer en nuestra cercanía con los personajes y su poeta. Nos sentimos extrañados por la forma en que las cosas encajan en nuestras experiencias, y como es que el novelista sabe tanto de nosotros. Hacemos algunas anotaciones al margen con la esperanza de regresar en un futuro a ellas y revivir ese momento de dicha que lograron producirnos.

La aventura casi siempre es interrumpida abruptamente, y para nuestro desatino suele provocarnos un disgusto innecesario. Abandonar el libro en el escritorio o en el librero es un acto de estoicismo. Nuestra mente sigue imaginando lo leído como si tuviera una renuencia a abandonar la fantasía para entregarse a una realidad tan poco alentadora. Para desgracia nuestra, el roll cotidiano se impone para interrumpir el momento que más amamos. Abandonados por la fantasía, ubicado el libro en un lugar frio y oscuro de algún mueble, emprendemos un día más en el que tendremos que relacionarnos con nuestros semejantes.

No obstante el abandono de la lectura aún permanecemos inundados por las enseñanzas de aquel libro guardado, aunque en ocasiones osamos hacernos acompañar por alguno de nuestros ejemplares más preciados a fin de no experimentar ese raro sentimiento de extrañar un objeto sin vida. Debemos trabajar como todos los días, y en algunos trabajos no hay magia así que somos condenados a una cotidianeidad sin sentido. Otros trabajos que poseen la magia de ponernos enfrente un grupo de oyentes, vuelven inevitable la sensación de expresar todo aquello leído en los libros. Esa oportunidad maravillosa de que otros callen para escuchar lo que tenemos que decirles, sin lugar a dudas, no tiene precio.

Nuestro gozo se acrecienta porque sabemos que les estamos haciendo un bien. Su vida cambiara con lo que está escrito en los libros. Deseamos que todos ellos pudieran leer lo que nosotros hemos podido, y tuvieran la sensación de conciencia que creemos haber obtenido. No existe nada de soberbio en este proceso de enseñar a otros, lo que mueve al maestro es el amor por su alumno. Y la esperanza de que leer un buen libro podría cambiarle la vida. Cuando el maestro ha logrado llevar al alumno el sentimiento de que leer es maravilloso, el ciclo se ha cumplido exitosamente. Un mundo de lectores será, sin duda, un mundo mejor.

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