Ago 8, 2012 - Cuentos    No hay Comentarios

La fuga

“POSTADA. En esta página de mera noticia puedo comunicar también la de un sueño. Soñé que salía de otro – populoso de cataclismos y de tumultos- y que me despertaba en una pieza irreconocible. Clareaba: una detenida luz general definía el pie de la cama de fierro, la silla estricta, la puerta y la ventana cerradas, la mesa en blanco. Pensé con miedo ¿dónde estoy? Y comprendí que no lo sabía. Pensé ¿quién soy? y no me pude reconocer. El miedo creció en mí. Pensé: Esta vigilia desconsolada ya es el Infierno, esta vigilia sin destino será mi eternidad. Entonces desperté de veras: temblando.” Jorge Luis Borges en “La duración del infierno”

Encontré el hueco oscuro y melancólico en el muro de libros. Faltaba un ejemplar de mi colección, que aunque extensa, aún insuficiente de Jorge Luis Borges. La editorial los hizo pequeños para llevarse a todos lados y facilitar su lectura, pero aunque la numeración estaba trunca por aquel tomo ausente, el resto de ellos guardaban un rigoroso orden numérico en forma ascendente, en una especie de armonía misteriosa prefigurada por el tiempo, las páginas y su propia coherencia interna; aunque el número seis de Alianza Editorial fuera sustituido por otro de La Nación, editado en Argentina. Recuerdo muy bien que su lectura fue súbita para mí, porque cuando descubrí a Borges un extraño delirio se apodero de mí, y aún sin quererlo agote mi tiempo en lecturas y librerías. Ahora me sorprendo en su lectura en una combinación enteramente circunstancial y gozosa.

Y precisamente hoy me encontré con la sorpresa de que el tomo seis se fugó al buró de la habitación hastiado de la espera infinita por compartirme la alucinación de su contenido. La burla se consumó cuando le di prioridad a la numeración arbitraria del 1 y 2, para El Aleph y Ficciones, insinuándolas obras maestras del autor. Así que “Otras inquisiciones”, a pesar de su magistralidad, debió esperar el invierno. Pero cuando el invierno llegó con su clima propio a la lectura, también se presentó la rebelión de los tomos arrumbados en algún lugar del recinto de libros, o tal vez podamos llamarlo: biblioteca. El tomo seis de la colección más numerosa, que sobrepasa los veinte ejemplares, parece haber encabezado el berrinche literario. Sin embargo, los ejemplares solitarios que aún no han logrado su objetivo de leerse, parecen solidarizarse con el rebelde de pocas páginas. Quienes parecen indiferentes son los llamados: “tabiques”, gordos ejemplares que han perdido la esperanza de vaciar su contenido en algún amable lector, en tan solo un buen fin de semana. Saben perfectamente que están condenados a una eterna espera, agravada por las limitaciones de sus posibles lectores. Esa circunstancia ha moldeado su carácter de textos fríos e insensibles.

Entre la muchedumbre de libros, se hizo costumbre presumir su valioso contenido y alardear sobre la honda impresión que han logrado generar entre sus lectores. Por eso han acuñado la frase: “vaciarse por entero” que para ellos no se agota en el simple hecho de que alguien los tome en sus manos y repita en silencio su contenido. Son entes convulsos que palpitan de emoción por revelar aquello contenido en sus páginas, por no decir, sus entrañas. Pero una vez que han logrado su objetivo, además del alarde que les causa este hecho, (que se consuman sus páginas en frenesí, y hasta la última de ellas) aguardan en su lugar, una vez que los han retornado, con la esperanza de renovarse mediante una consulta ocasional o repentina que rememore aquellos momentos de placer con su querido lector. En ese azar consumen sus días, convencidos que el autor que los define ha hecho memorable su existencia, y que ocupan un lugar en este mundo, que cumplen un objetivo y la vida ya no puede entenderse sin ellos. El lector ya es parte esencial de un mismo destino, que los une y los hace inseparables. Todos esperan el momento para vaciarse por entero, pero frecuentemente condenan la pereza del lector ordinario hundido en sus cotidianas y triviales tareas.

La repentina noticia de la fuga del tomo seis causó revuelo en el recinto de los libros. Hasta se dice que se comenzó a debatir la posibilidad de librarse de una supuesta tiranía del poseedor o dueño de las colecciones, y se manejó inclusive, que de triunfar el tomo seis en sus pretensiones, una asamblea general presidida por los libros más antiguos y más leídos -releídos y consultados- podría determinar un orden de prelación para vaciarse por entero al defectuoso lector. Dictamen que tendría el carácter de obligatorio para el dueño, quedando a merced de los libros la totalidad de su tiempo, a efecto de no prolongar la agonía de los pequeños textos de pocas páginas, que a lo sumo se concluyen en cuatro horas, o bien, para satisfacer la avaricia de los tabiques por llegar a su última página. El caso amenazaba con tomar dimensiones totalitarias por parte de los libros, pues el infeliz lector sería víctima del mal de libros, y consumiría esclavizado los grandes volúmenes, y lo peor de todo que: como el leer llama al escribir, como si se correspondieran como el cóncavo y el convexo, según han confesado los grandes escritores, contribuiría a la máxima ruina de sus semejantes escribiendo nuevos libros, que solamente engrosarían las filas del ejército de los nuevos tiranos.

Afortunadamente, el tomo seis fue a parar de nuevo al librero para sellar el otrora oscuro y melancólico hueco del muro de libros. Ese inconsciente, y hasta involuntario gesto de rellenar el vacío de la colección, tuvo el impensable acierto de evitar una rebelión a partir del berrinche literario del tomo seis. Los ánimos se serenaron por el fracaso del centipaginero, causando hondo desánimo entre sus similares, así que el incidente de la fuga no se repitió, ni al buró, ni a la sala, ni a cualquier otra nación de la casa. Sin embargo, hoy haré justicia al tomo seis, Otras inquisiciones, para que su espera termine, leeré hasta su última página. Estoy seguro que disfrutará vaciarse por entero. Ojala que este acontecimiento no renueve la esperanza de una nueva fuga que detone, ahora sí, la temible rebelión y tiranía de los libros.

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