Sep 27, 2011 - Cuentos    No hay Comentarios

El proyecto de cambiar al hombre

Me afilie a un grupo secreto de estudiosos, que aún no sé cómo es que fui admitido. Pero sospecho que pudo tratarse de un error, que me confundieran con un intelectual -lo que evidentemente no soy-, o que se tratará de un grupo de idiotas haciéndola de eruditos. El caso es que el inusitado proyecto de este grupo era la transformación de la humanidad. Una transformación de fondo y radical que eliminara de raíz todos los males de la sociedad. Había varias propuestas, las más popular entre ellos era la de borrar la historia. Los argumentos suponían que la carga del pasado impedía hacer cosas nuevas, que este pesado recuerdo del hombre, lo ataba a conductas poco innovadoras. Suponían que era necesario empezar de nuevo, desde cero y construir un futuro mejor.

Imaginaban una especie de paraíso, donde Adán y Eva tendrían nuevamente la oportunidad de rechazar la manzana de la tentación. Donde Caín no mataría a Abel. Donde Sócrates no hubiera sido ejecutado injustamente por los griegos, donde los romanos no crucificarían a Jesús, donde Gandhi no hubiera sido asesinado por un fanático. Donde Cristóbal Colón no hubiera descubierto América, sino Moctezuma a España o Inglaterra. En el que España no hubiera conquistado América, sino que esta hubiese inventado el viejo mundo dos siglos antes de ser descubierta. Un mundo donde los países africanos fueren los más ricos del planeta, donde ser negro o blanco fuese lo mismo. Una Alemania sin Hitler, una España sin Franco, una Italia sin Mussolini, o una Rusia sin Stalin. En fin, creían en la posibilidad de eliminar todos los prejuicios que nos encadenan a un pasado vergonzoso.

Imaginaban el mundo como una casa en la que de ser preciso había que quemar todos sus muebles, e incluso la propia casa. Alguien sugirió que se respetara aquello que era considerado como lo bueno del hombre, quiso decir las religiones y los dioses. Pronto alguien objetó que estas ideas habían sido causa de muchas guerras e intolerancias y que también era preciso destruirlas. El acalorado debate duró varias horas, a mi juicio la discusión era absolutamente intrascendente. Por fin se impusieron los detractores de los cultos, por lo que no debía quedar rastro alguno de genealogías espirituales. Solo se aceptaron tres excepciones, se respetarían aquellos conocimientos referentes a la agricultura, la medicina y la astrología. El resto debía ser olvidado. Las profesiones que no se relacionaran con los tres campos indispensables debían ser abolidas y erradicadas de la mente de los nuevos hombres que poblarían la tierra.

El dictamen estaba a punto de ser votado y una voz temerosa cuestionó sobre las reglas que gobernarían el nuevo mundo. El grupo entendió el dilema y se enfrascó en un nuevo debate, el acta de la asamblea no podía ser el fundamento como se sugería porque haría recordar todo lo que había sido borrado, se pensó en la ausencia de leyes, como ley suprema, pero las dudas fueron muchas y el grupo estaba agotado, así que se decidió dictar una sola ley: no habría gobierno. Los problemas siguieron, mi paciencia estaba exhausta de tanta complejidad implicada en el proyecto, pero pensé que si estos hombres no estaban locos podían cambiar el curso de la humanidad. Por fin se habló de conclusiones, tres oradores eruditos hablarían de las últimas preocupaciones del proyecto de dictamen final.

La primera de ellas fue francamente ridícula, dado que proponía reescribir todos los libros del mundo, para evitar malos entendidos. La segunda planteaba la construcción de una sola casa para toda la humanidad, con tantas habitaciones como familias existieran en el mundo, de manera que la sociedad mundial fuera una gran familia, esta segunda propuesta parecía igual de absurda. El último de ellos propuso prohibir la profesión de las letras, los filósofos y escritores nunca más debían interferir en el naciente mundo. Esta última propuesta generó gran descontento dado que muchos de los participantes aseguraban desempeñar dicha profesión. Pero los argumentos fueron expresados y se consideró que estos hombres convierten el pasado en algo indestructible, y hacen que tarde o temprano vuelvan las cosas, y una de las cosas que hacen volver es el proyecto de abolir el pasado.

Se aseguró que su quehacer era completamente dañino, porque imaginan el mundo, sueñan la historia del universo y pervierten la mente humana que gusta de sus imaginaciones. Solo un escritor -debió ser seguramente el más erudito de todos-, se atrevió a defender la causa, a pesar de la mayoritaria opinión del foro. Aseguró que el proyecto en su conjunto era imposible, porque la historia efectivamente era indestructible. Disertó acerca de la eternidad y el tiempo, aseguro que se trataba de algo a lo que no podíamos escapar, que el propio movimiento era incomprensible sin la idea del tiempo. Aseguró la inviabilidad de inventar “un acto sin tiempo”. Aún más, citó a un gran escritor, sin decirlo abiertamente, y dijo que “es sabido que la identidad personal reside en la memoria, y que la anulación de esta facultad comporta la idiotez”. El proyecto implicaba el retorno a la animalidad, un estado de pura actualidad corporal en que viven los animales, desconociendo la muerte y los recuerdos. Sus opositores lo descalificaron bajo el supuesto de que solo intentaba salvar su pellejo. Pero una profunda duda ya había inundado la sala.

El peso del argumento había destruido la esperanza en el proyecto. Pero el hombre que presidía aquella congregación y había dirigido audazmente las discusiones realizó una última propuesta con la pretensión de salvar la causa. Reflexionó que si el mal residía en el corazón del hombre, entonces este último es el que debía ser destruido totalmente. Las voces que murmuraban durante el discurso enmudecieron ante la dureza de la propuesta. El dictamen final se perfilaba a concluir que la gran hoguera debía ser alimentada por todos los hombres, todos y cada uno, hasta que el último de ellos se quitará la vida por sí mismo (lanzándose al fuego). Sin esperar el resultado del debate, decidí abandonar la sala. Supongo que la discusión continuó y que el problema es irresoluble.

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