Sep 27, 2011 - Cuentos    No hay Comentarios

El país de los libros

Hace unos días visite un país maravilloso, que bien podría considerársele la antítesis del país de Montag, ese lugar relatado por Bradbury donde estaba prohibido leer, porque leer obligaba a pensar y en ese país estaba prohibido pensar; ya que leer impedía ser feliz, y en dicha nación había que ser feliz a la fuerza. La tesis que sostenía el territorio que acabo de visitar es completamente la opuesta, ahí se cree que solo el leer te hace feliz y por tanto es obligatorio leer, y aunque nadie te reprime sino lo haces, es una práctica común que aquel que no lee es mal visto por los otros.

Solicite mi ciudadanía en este maravilloso país, pero me exigieron un bagaje de lecturas que para ellos era básico, incluía obras clásicas de la literatura universal, me pidieron que al menos hubiera leído un libro de alguno de estos autores:  Homero, Platón, Aristoteles, Virgilio, Cervantes, Shakespeare, Goethe, Víctor Hugo, Dante, Kafka, Poe, Nabokov o Borges, entre otros. La novela “El extranjero” de Albert Camus era obligada, y la lectura adicional de alguno que otro poeta contemporáneo abonaría puntos a mi favor. Pregunte por la obra de George Orwell, y me elogiaron que conociera “La rebelión en la granja”. Le dije al funcionario de migración que provenía de un país llamado México y que si en este caso había algún canje de literatos, me dijo que sí, que solo en caso de haber leído a Octavio Paz, Carlos Fuentes, Juan José Arreola o Juan Rulfo, la ciudadanía se me concedería de manera casi automática.

Le pregunte sobre la forma en que demostraría mis lecturas, argumente que en mi país no otorgaban constancias oficiales sobre eso, que tenía el título de abogado pero que había leído algunos libros de literatos clásicos casi por accidente. Me dijo que no necesitaba exhibir documento alguno que probara mis conocimiento sobre la literatura universal, que podría permanecer en aquel lugar durante una semana, y que al cabo de ella nadie me echaría, que en todo caso, yo solo abandonaría el país porque en mi comportamiento no se reflejaban los efectos de la lectura, se trataba de una consecuencia de aceptación o repulsión natural. Me mostré bastante conforme, creyendo que de no ser porque efectivamente había leído algunos de esos libros, hubiera podido engañarlos fácilmente.

Me pasaron a una oficina pequeña, bastante austera, me entregaron una especie de manual con las reglas básicas del país de los libros. Firme mi permiso de permanencia por una semana, al cabo de la cual me harían ciudadano, declaré haber leído al menos un libro de Octavio Paz, Carlos Fuentes, Arreola y Rulfo, adicionalmente presumí mi lectura parcial de  Nabokov, Borges y Camus, sin atreverme a asegurar más que eso. Se me entrego una credencial amarilla que contenía la firma del presidente del país, con una leyenda morada que decía: “Extranjero”. Me dijeron que había millones de librerías en todo el país, y casi en cualquier lugar se prestaban libros gratuitamente con la única condición de regresarlos una vez leídos, solo debía mostrarse la credencial amarilla. La verdad es que cada ciudadano tenía tantos libros que a sus colecciones privadas les llamaban bibliotecas personales, las que casi siempre superaban los tres mil ejemplares, casi todos leídos ya, dependiendo de la edad del lector.

Me hospede unos días en un hostal frío ubicado en el centro de la ciudad capital. La plaza era hermosa, las clásicas bancas eran de color negro, poca gente rondaba por ahí, quizás porque era un lunes por la tarde. Algunos policías resguardaban los cruces peatonales, e imponían infracciones de vez en cuando. Una viejecita de pelo blanco se acerco de pronto junto a mí y me pidió una moneda, me excusé educadamente y determiné no darle nada. Al ver fallido su intento se retiró. Al cabo de unos minutos regresó junto a un policía. Es él, le dijo, señalándome con el índice. El gendarme pidió mi identificación, se dio cuenta que era mexicano, susurró a su acompañante: ¡es extranjero! Me explicó que la mujer era una escritora famosa de su país, y que si había leído alguno de sus libros solo debía utilizar una frase de uno de ellos para mostrarle gratitud, de lo contrario debía contarle algo sobre mi país, para evitar una descortesía. Comprendí la costumbre y relate a la mujer “el guardagujas” de Juan José Arreola. Quedó fascinada y me invitó un café esa misma tarde.

Al tercer día caí en la cuenta que en este país los escritores eran gente famosa. La causa era la adicción a la lectura. Esa tarde viaje en bicicleta hasta el parque para leer un libro bajo la sombra de algún árbol. A pesar del hermoso paisaje que invitaba a la lectura, por una extraña razón ningún libro que llevaba me llamó la atención. Un gentil hombre me dejó un libro de pasta roja, y me dijo que era la mejor novela jamás escrita, que no podía dejar de leerla. De inmediato, y casi sin agradecer el gesto, empecé a leer con interés. Se trataba de una novela policial, los azares de un asesino serial que se describían con escrupuloso detalle. El libro permitía captar con enorme sensibilidad el espíritu del asesino, sus actos cotidianos eran narrados con impresionante minuciosidad, hasta llegue a sentirme identificado con él.

Terminé la última página de la novela en el éxtasis total, cuando levante la mirada me di cuenta que ya era muy tarde. Tomé la bicicleta, pedalee una cuantas calles, y aún profundamente conmovido por aquellas palabras del escritor, con la sensación de haber conocido al asesino tanto como a mí mismo, mi mirada vagaba en un punto fijo en el horizonte del camino que parecía borroso. De pronto, un anciano de paso decadente se cruzó en mi trayecto y me obligo a frenar abruptamente. Inundado por un sentimiento que ahora no puedo explicar, me sentí furioso, y lo golpee sin mesura.

Amanecí con jaqueca, con dolores en el cuerpo, ni siquiera recordaba mis actividades del día anterior. Apareció un policía en la puerta, y la dueña del hostal lo acompañaba. Debía detenerme, sería juzgado por golpear a un escritor. Negué los cargos y aseguré ser abogado. La orden me fue mostrada, pero era irrefutable, se trataba de mí. Pensé que debía acudir a aclarar el malentendido. Cuando me pusieron frente al juez, y fue leída la acusación, empecé a recordar. Entonces declaré mi éxtasis por la novela policial y los relatos del asesino, contenidos en el libro rojo, que un gentil hombre había puesto en mis manos. ¡Ya entiendo! Exclamó el juez al jurado, fue víctima de un terrorista. Ha sido enajenado por una novela policial. El policía aclaró, ¡es que es extranjero!

La defensa de oficio solicitaba atenuantes, pedía que en lugar de la pena de muerte fuera condenado a cadena perpetua. Indignado por la estupidez de la defensa, exigí llevar mi caso yo mismo, ya que era abogado. Sin embargo, ante mi calidad de extranjero y el desconocimiento de las leyes del país de los libros, creí que podía estar cometiendo una torpeza mayor. El jurado pronunció su veredicto en un juicio sumario, se me condenaba a cadena perpetua. Mi cuerpo se fundió en la silla, mientras el abogado de la defensa sonreía como un imbécil. Me moleste contra todo, maldije el sistema de justicia del país de los libros, mientras un par de uniformados me conducían a una sala del tribunal. Ahí me fue aclarada la sentencia, ante mis constantes provocaciones. El defensor de oficio dijo que había sido condenado a leer de por vida los libros del escritor agredido, los cuales me serian proporcionados por el Estado. ¿No debo estar recluido en una celda, cuestioné? Desde luego que no, respondió el abogado, -que no era tan imbécil después de todo-.

            Al día siguiente, un mensajero tocó la puerta de la habitación del hostal, traía los libros del escritor que agredí. Supuse que no serían muchos, y espere que no fueran muy aburridos. Sin embargo, se trataba de 135 ejemplares contenidos en siete cajas de cartón. Imagine que tardaría algunos cuantos meses en leerlos, pero la entrega venía acompañaba de una copia de la sentencia, cuyo tercer resolutivo establecía que debía leer además los libros que dicho escritor publicara en adelante, hasta su muerte. Y la descripción hablaba de un prolífico escritor que publicaba al menos dos libros al año, fue entonces cuando empecé a desear que no viviera mucho.

Hojeé algunos ejemplares, el anciano era un magnifico escritor. Escribía casi de todo, pero su principal tema era la moral, parecía tratarse del guía moral del país de los libros. Intente leer tanto, los primeros días, que acabe con diez libros. Quería concluir mi sentencia lo más rápido posible, y tanta lectura de un solo autor empezó a hacerme sentir que ya conocía demasiado al viejo. Sus ideas estaban presenten en cada acto de mi comportamiento, era imposible desligarme de aquello cuando estaba obligado a leerlo casi todos los días. Me sentí un moralista irremediable, cambie mi vida al extremo de aplicar las enseñanzas de sus libros en la sencillez del vestido y la afabilidad en mi comportamiento. Después de todo no era tan malo, estaba teniendo una especie de rehabilitación espiritual.

El séptimo día, recibí una carta del escritor. Me hablaba con familiaridad, casi con cierto cariño. Me notificaba sobre su última novela, donde relataba el arrebato de un extranjero que agredía a su propio maestro. En seguida me di cuenta que se trataba de aquel incidente por el que me habían condenado. Un ejemplar de la novela citada, acompañaba la carta. Eran tan solo 166 páginas, que relataban con magistral inteligencia los hechos ocurridos. No podría describir la sensación tan placentera que sentí al leer aquella historia en la que el personaje central era yo mismo. Una obra maestra que además de dejarme la mayor enseñanza moral, bien pudo ganar el premio Nobel de literatura. Esa misma tarde escribí una emotiva carta al autor, donde ofrecí mis sinceras disculpas por el incidente y me declaré abiertamente su ferviente discípulo.

Una semana después, cuando todo transcurría con normalidad, leía como de costumbre a mi escritor favorito -aquel anciano agredido- cuando un uniformado tocó a mi puerta y me entregó una orden del gobierno. Pensé que algo malo ocurría, y me preocupe sin desearlo. Pero el presidente del país de los libros me indultaba de mi condena, a petición del escritor, -aunque en realidad, la supuesta condena ya no era tal- y además se me honraba con el estatus de ciudadano del país de los libros, con libertad de permanecer en él o migrar a mi país. Sentí el alivio de la libertad, el goce de la lección aprendida y la nostalgia de abandonar aquel país.

Cruce la frontera con montones de libros en mi equipaje, mi biblioteca personal era de apenas 300 libros pero me propuse aumentarla. Imagine convertir a mi país en un país de los libros, donde leer se convirtiera, al menos, en algo más valorado.

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