Feb 14, 2012 - Cuentos    No hay Comentarios

Diario de un mendigo IV

La casona vieja parecía de color negro, quizá por el efecto que producían el ejercito de coníferas ubicadas a los costados. Un anciano rajaba leña en las afueras del lugar, imagine que se trataba del esposo de Simona Ha, pero era muy feo. Me acerque lentamente hasta que mi presencia le incomodó y me fue imposible negar que estuviera allí con algún propósito.

–       ¿Qué busca? Dijo el viejo.

–       A la señora Simona Ha.

–       ¿Qué quiere?

–       Le traigo un mensaje del emisario de la Playa.

Me dio la espalda sin pronunciar palabra y entró en la cabaña. Los diálogos cortos son característicos de los mendigos, regularmente nos sentimos cómodos con la seriedad, somos solitarios y hablamos solo lo necesario con los demás, aunque nos mantenemos en diálogo permanente con nuestro interior. Sin embargo, aquellos modales, eran desconcertantes pues los mendigos intentamos inspirar compasión, y la descortesía no ayuda mucho. Así que con el agrio recibimiento, por poco regresó por donde venia; pero en aquel preciso instante salió la anciana al lado del viejo leñador. Era muy fea, y aunque los pordioseros somos harapientos por definición, y provocamos la repulsión instantánea, esta mujer aunque fea no generaba sentimientos tan negativos. Su aspecto desarrapado era más bien cómodo para mí, pues con su mirada amigable me hizo sentir como si ella fuera uno de los nuestros, a pesar de que tuviera casa. En seguida me invito a pasar.

Sería injusto no reconocer su modestia, la casa de piedra fría y aspecto muy humilde generaba la agradable sensación de estar parado en algunos de los portales del centro de cualquier ciudad capital, o a las afueras de la catedral, hasta daban ganas de acostarse en el piso de piedra. Solo unos cuantos muebles adornaban el interior, y realmente muy poca comida. Me sentí como en casa, como si estuviera aún vagando por las calles frías de la capital mexicana. El insulso leñador con su cara de mal anfitrión generaba un ambiente desagradable que rompía la armonía de la cabaña. Pensé que su papel era representar al hombre indiferente o descortés que camina por las ciudades, y que desprecia a los mendigos. Ese hombre vanidoso que no han visto su caída y que goza imaginando la de los demás. Me preguntó si alguna vez había conocido la historia del primer mendigo del mundo. Le confesé que no, pero que su emisario de la playa me había contado historias increíbles. Me dijo que esta historia era aún más fascinante que todas aquellas que relatan sus emisarios. Le pregunte si podía contármela y me dijo que lo haría mañana porque necesitaba que ese día le ayudara con algo muy importante.

Dijo que debía llevar dos canastas de pan a un hogar del otro lado de la ciudad, era necesario cruzar toda la sierra y descender hasta llegar al margen de un rio purpura que antecedía el cercado de la propiedad. Debía viajar toda la tarde, y no comer ninguna pieza de pan. “Pregunta por Monsi, el recibirá el encargo”, me dijo. Aunque confieso que no me sentí cómodo con la idea de obedecer órdenes, y creo que lo notó en mi cara, pero pensé que por tratarse de la mendiga más famosa del mundo debía acceder a su petición.

Me puse en marcha de inmediato, creo que todos conocen la maravillosa sensación de caminar entre los arboles verdes y altos, esos pinos que parecen guardianes de los caminos, seres centenarios que han vivido más que cualquiera de nosotros, camina uno con respeto, pero te sientes custodiado por guardianes inmóviles que solo vigilan tu paso soplando en dirección a tu destino. Pequeños ríos interrumpen la senda, pero la adornan con una sensación de fluidez de la vida. Este escenario debió cautivar a Simona Ha porque la tranquilidad y la paz de estos escenarios naturales cautiva al igual a los mendigos que a los hombres de dinero; pero especialmente a nosotros, hombres desprovistos de todo, nos sentimos como el hombre en estado de naturaleza, libres en el mundo virgen, como si fuéramos mudos y estuviéramos desnudos. Luchando con las fieras salvajes por el pan, pero en una extraña conexión natural, intentando no hacernos daño. A diferencia del animal vertical de la ciudades que es un autentico predador de sus semejantes, obsesionado por el dinero es capaz de las más insospechadas atrocidades contra la naturaleza y contra sus pares.

Cruce la montaña cuando la tarde había caído sobre la ciudad. Llegue al rio purpura y alcance a divisar una casona enorme, en la que muchos hombre y mujeres parecían desempeñar faenas relacionadas con la meditación. No sé si se trataba de algún ritual religioso pero una cruz enorme estaba erigida en el centro de la plaza central, pude darme cuenta de esto una vez que me encontré frente a la puerta de lo que me pareció un convento. Pregunté por Monsi, y una mujer joven, como de unos veinte tres años me dijo que si me había enviado Simona Ha, le respondí que sí. Meneo la cabeza murmurando que los emisarios de Simona Ha eran incontables, cada vez llegaba uno diferente. Le dije que debía entregar dos canastos de pan, y contestó que eran de mucha ayuda para ellos porque debían alimentar a los huérfanos y a los hombres y mujeres desvalidos que cuidaban en ese lugar. Pregunte si admitían a pordioseros o mendigos, me respondió que no, que solo cuidaban a gente que no podía ya valerse por sí misma. Y los mendigos solo venían a comer en ocasiones muy raras pero no aceptaban nunca quedarse más de tres días. Le dije que si podía quedarme un tiempo. Me respondió que sí, pero que Simona Ha les había prohibido alimentarlos con pan. Acepte la propuesta pero solo permanecí un día. Me aburrió ver tanta gente necesitada, pues sentirse único produce una rara sensación de fama, y tantos indigentes me quitaban el lugar del hombre necesitado.

Cuando me retiraba se me acercó la muchacha de la entrada (supongo que ella era el tal Monsi) intrigada para preguntarme sobre la organización de pordioseros que dirigía Simona Ha, fantaseó con la idea de una organización mundial dirigida por esta mujer, emisarios dispersos por todo el planeta que llegaban a entregarle ofrendas y de esa manera convertirla en una mujer poderosa que es capaz de tener casa, e incluso ayudar a gente necesitada. Le dije que descocía si existe una red a la que todos los pordioseros del mundo estén afiliados y mucho menos si Simona Ha era la líder como para exigir algún tributo, y con ello comprar una casa en la montaña. Le aclare que al menos yo no le pagaba nada. Pero me refutó el hecho de fungir como su emisario en esa ocasión, y me dio la impresión que más que preguntarme sobre Simona Ha estaba tratando de convencerme sobre el carácter mesiánico de la mujer, e inculcarme una creencia para que regresara con la limosnera más convencido de su halo de misterio y poder. Asentí con la cabeza y me despedí de la muchacha enseguida.

Regresé a la cabaña de Simona Ha, esta vez no estaba el leñador gruñón. La puerta estaba abierta, así que entre. Un silencio de cementerio envolvía la casa de piedra, me eche sobre un mueble viejo de madera y decidí esperar a la anciana. Apenas hubo cruzado el umbral de la entrada, le cuestioné sobre su condición de supuesta líder de la organización mundial de limosneros. Y le reproché como podía ser mendigo teniendo una casa, aunque modesta pero de su propiedad al fin, y los mendigos no tienen nada, incluso hasta nos falta cariño, y lo mendigamos junto con algo de pan. Le dije que debía vivir en las calles, pedir limosna, pasar hambre, dormir en el piso para seguirse comportando como uno de los nuestros, porque su mansión le haría perder la sensibilidad. Me confesó que su secreto era vivir en la más absoluta austeridad, como si realmente no tuviera nada en el mundo. Incluso dijo que realmente la comodidad le fastidiaba, por eso su casa era bastante austera, que solo se permitía el lujo de una canela con un pedazo de bolillo muy de vez en cuando, como cualquier limosnero. Aseguró con voz solemne que su misión en la vida era evitar el sufrimiento, eliminando el deseo. La frase me pareció una premisa budista, pero la vi realmente convencida de aquellas palabras.

Me confesó que los limosneros comunes y corrientes llegan a la mendicidad por efectos inevitables. Se refería a la caída. En otro tiempo fueron abogados, reporteros, médicos, psiquiatras o hasta políticos, es decir, hombres de grandes responsabilidades, pero cuando han tocado fondo y la catástrofe los estremece se tiran a la locura. Al principio se fingen locos, pero después se autonombran desposeídos. Pero son los hombres más cobardes del mundo. Asumen la condición de la miseria para evadir todas sus responsabilidades pasadas. Vagan por el mundo en la miseria material con la comodidad de haber evadido las responsabilidades de los hombres en sociedad. Como animales solo buscan el alimento y el cobijo del sol. Aprenden el arte de causar lastima, engañan a las almas fervientes sobre la salvación de su alma, pero niegan toda posibilidad de reconciliación con su vida pasada. Son incapaces de volver a sus responsabilidades, han encontrado el mundo y se han abrazado a su miseria.

Yo soy una clase de limosnera completamente diferente, pues nací en la indigencia. Desde que tengo memoria he pedido el pan, y aún cuando he logrado superar la mendicidad no he logrado acostumbrarme a tener casa o darme algún lujo o placer. Por eso mi historia ha conmovido a los de tu especie, que son una horda de cobardes que tiemblan de miedo por adquirir alguna responsabilidad. Desde que conquisté la cima he logrado ayudar a mucha gente desvalida, he dado pan a los hambrientos, he creado hogares para los huérfanos, hospitales para los enfermos y asilos para los ancianos, sin embargo en ningunos de ellos he habitado, y ninguno de esos lugares sabe que soy yo la que los mantiene funcionando, ignoran que una limosnera es quién financia sus gastos, pero aún cuando por azares llegaran a enterarse de ello, estoy segura que no lo creerían. Como puedes ver tengo muchas responsabilidades y muchos de ustedes no tienen ninguna, esa es la diferencia, por eso me llaman líder. Muchos de ustedes han decido apoyarme para ayudar a otros y de esa manera han mitigado su cobardía, contribuyendo con mi causa sienten que son menos cobardes por ayudar a otros, y a pesar de no ayudarse a sí mismos para no tener responsabilidades, adquieren este compromiso como si fuera una responsabilidad que les diera más valor.

Guardé silencio, sentí que había relatado mi historia y sentí vergüenza. Decidí dormir hasta que el peso de mi bajeza acabara por despertarme y salir huyendo como el más grande de los cobardes. Solo me detuvo la idea de escuchar la historia del primer pordiosero. Esto fue lo que me relato Simona. El primer hombre fue ya el primer pordiosero. Las mansiones y los palacios fueron una deformación que surgió con la sociedad y el poder mismo. La manada de mamíferos son un grupo de pordioseros que solo buscan la supervivencia. El primer humano, carente de fuerza y poder, al lado del león o cualquier otro animal feroz de la naturaleza tenía que conformarse con aprovechar la carne abandonada de estos depredadores, es decir, se alimentaba de los restos de la casería de los leones que tardaban cerca de cuatro días en devorar una presa de gran tamaño, como un búfalo, por ejemplo. El primer humano fue un carroñero vil que aprovechaba la carne abandonada y de esa forma podía vivir sin tener que cazar. Y aunque resulta poco romántico, este es el punto de partida del humano. Aunque no se trata propiamente de pedir caridad a los semejantes o a los leones, esta forma de mendicidad es símbolo de la primera miseria humana, alimentarse de carroña. Pero el punto de quiebre lo constituyo la invención de la agricultura, con lo que el hombre primitivo se volvió sedentario, se formaron las primeras ciudades, inició la domesticación de animales, y al producir excedentes en las cosechas surgió el comercio y con ello la moneda. Fue entonces inventada la miseria, y con ella el moderno limosnero. Nosotros somos de esa clase, pero algunos son más cobardes que otros, pero todos somos unos miserables. Esa es la historia del mendigo más antiguo del mundo. Todos somos parientes de él.

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