Ene 25, 2012 - Cuentos    2 Comentarios

Diario de un mendigo III

El tren se detuvo en una estación abandonaba. Un pequeño letrero oxidado apenas dejaba ver el nombre de aquel pequeño poblado. Tuxpan, el pueblo de la fiesta eterna. Viajaba de incógnito en unos de tantos vagones de carga, y los rayos del sol sobre mi rostro seguramente me despertaron. Ignoro cuanto tiempo estuve dormido y cuantos poblados cruce sin asomar siquiera la cabeza para conocer sus paisajes. Me gusta sobretodo divisar las iglesias porque dicen mucho de sus feligreses. Cuando son realmente altas y de arquitectura colonial significa que hay muchos pecadores, pero suelen estar llenas de gente que va a purificar su alma. Cuando son más pequeñas y de color blanco, aunque nunca lo son tanto, significa que su gente es muy piadosa.

Algo me hizo bajar del tren. Quizá estuve influenciado por los temblores de mi estomago, y algunas anécdotas sobre la comida del pueblo. Imagine a Arreola escribiendo al guardagujas sentado sobre alguna de las vías y pensé que aquel pueblo quizá era producto de los retrasos del tren. El hambre y la fantasía me impulsaron con igual fuerza, así que enseguida ande por el sendero empolvado. Iba en busca de la iglesia principal para formarme una idea de los feligreses. Tal como lo supuse, era un pueblo de pecadores, arquitectura colonial y la iglesia abarrotada. Había una fila interminable de devotos que caminaban a paso lento, con mirada seria pero ferviente, se dirigían al altar para presentarse ante la figura del “Señor Del Perdón”, cada uno tenía su turno para rogar por el perdón de sus pecados, terminaba su suplica y debía ceder su turno al siguiente de la fila. Por otra de las entradas a la iglesia llegaba un grupo de peregrinos con un santo a la cabeza y un centenar de hombres, mujeres y niños en peregrinación de no sé qué lejana comunidad, todos rezando, unos bebiendo, algunos ebrios.

Me quedé un par de días. Las fiestas no paraban, así que disfrute de bebida y comida de cortesía todo el tiempo. Me di cuenta que esta gente, con riguroso respeto a la fila, después de implorar por sus pecados en la iglesia, salía a la calle a seguir las peregrinaciones, disfrutar de vino, música y comida, cometiendo toda serie de pecados y luego regresaba a formarse en esa interminable fila para pedir nuevamente la purificación. La vida se gasta en rezos y fiestas. Se entregan al placer mundano que otorgan los sentidos, bajo el pretexto de celebrar a los santos, y en seguida acuden al más grande de ellos para pedir absolución y continuar con su vida. Seguí la costumbre del pueblo, y debo confesar que disfrutaba esas caminatas llenas de júbilo y fiesta, me harte de comida y caí en la gula, pero disfrutaba sobretodo ese momento de privilegio de ser el primero en la fila y ser perdonado por el Señor.

Eran días realmente especiales en los festejos religiosos, había castillos de luces y altares en las casas, no en todas pero si en las más religiosas. Además de las acostumbradas peregrinaciones donde había comida y vino para todos. Los altares privados colocados en las casas eran llamados: “incendios”. Se trataba de curiosos arreglos que asemejan altares de muertos pero con una imagen divina como decoración central. Solo debías presentarte en esos altares y rezar algún padrenuestro o avemaría, o fingir que lo rezabas y los anfitriones te recompensaban con algún alimento o bebida, fueron noches de gran gula para mí. Ignorante de los motivos que ocultaban aquellas practicas disfrute de los beneficios, además de colmar mí apetito insaciable tenía el presentimiento que había avanzado con pasos de gigante hacia la salvación de mi alma, la mezcla de festejo y religiosidad embriagaron mi espíritu.

Entre la algarabía cotidiana conocí a un colega pordiosero disfrazado de parroquiano. Hasta ese momento había creído que era el único limosnero del pueblo, pero estaba equivocado. Me dijo que se puso el nombre de Heriberto, fingiendo ser un hombre normal para mezclarse en los festejos a diario. “Abandone mi condición de limosnero para poder disfrutar de las fiestas sin ningún complejo”, me confesó. Ya me había dado cuenta que los mayordomos me miraban con recelo entre las peregrinaciones, pero cuando me presentaba como limosnero suponía que nadie se atrevería a impedir mi participación, lo que efectivamente nunca ocurrió, pero esto no podría durar mucho tiempo, efectivamente, como me hizo entender Heriberto. Me invitó a unirme a su grupo secreto de mendigos conversos, pues había muchos de ellos infiltrados en todas las festividades. Habían decidido seguir viviendo de la caridad ajena pero de un modo diferente, y ya que estos hombres piadosos de Tuxpan lo compartían todo con sus semejantes, aprovechaban la oportunidad de servirles en la salvación de su alma, participando como receptores de su caridad. Me dio la impresión que estos parásitos habían estado engañando a los devotos pobladores para vivir a sus costillas.

Pero Heriberto me aclaro enseguida, que no tenía remordimiento alguno por lo que hacía porque este era el pueblo más pecador de la tierra, “todos los pobladores están condenados”, dijo. Así que impulsados por un deseo de perdón sin límite han creado festividades todo el año para pedir por el perdón de sus pecados. Detrás de estas aparentes almas piadosas se esconden seres ruines y despiadados que han entregados sus vidas al pecado en otros lugares, para migrar a este pueblo llenos de arrepentimiento. Se dice que han viajado de los más remotos confines de la tierra para consagrarse a la penitencia permanente. Todos tienen una doble vida, porque están marcados por sus horribles actos del pasado. Pecados que merecen años de suplicas y de honores supremos al Señor. Bastaría una superficial indagación entre algunos de los que se dicen más devotos para descubrir los antecedentes más oscuros. Asesinos despiadados, delincuentes de cuello blanco, estafadores, fraudeadores, traficantes, funcionarios corruptos, etcétera, una lista interminable de delitos, que bien puede decirse que equivalen a las festividades de todo el año.

Le pregunté cómo había conocido todo esto, y que le hacía suponer que fuera verdad. Me confesó que años de investigación le había revelado este secreto. Al parecer todo comenzó cuando una excarcelaria de origen sudamericano que logró fugarse del complejo carcelario llamado Tramacúa. Y al huir de su país, decidió ocultarse en el que consideró el pueblo más escondido de la tierra. Habiendo creado una red mundial de delincuentes piadosos en su vida ilegal los convoco a reunirse en algún lugar. Infiltrados entre las familias originarias han logrado mezclarse en los negocios, y se dice que ya son mayoría. Sin embargo, una extraña propensión al arrepentimiento los ha conducido a intentar redimirse para su muerte. El pequeño poblado ya gozaba de festividades importantes, pero hubo una época, que coincide con la llegada de esa extraña mujer sudamericana que proliferaron los festejos de modo exagerado hasta convertirlos en cosa de todos los días. Con aquellas palabras de Heriberto, mi júbilo de días pasados se transformó en estado de permanente sospecha, durante los siguientes días. Imposibilitado para descifrar la verdad acabe por abandonar esas tierras prohibidas. Aunque no descarté la posibilidad de que pordioseros mezquinos hubieran inventado historias absurdas para monopolizar la participación de los hombres sin-techo en aquellos maravillosos festejos de gula y perdón.

2 Comentarios

  • UNA MUY BUENA CIUDAD MUY PASIVA ABUNDA LA BIGILANCIA ES UN BUEN PUERTOEXCELENTE

    • MUY GUAPO EL ALCALDE SILVA

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