Oct 20, 2011 - Cuentos    2 Comentarios

Diario de un mendigo I

Hay basura en las calles, suciedad en las casas, algunos niños semidesnudos chorreados de mugre juegan en la tierra, una viejecita camina a paso lento hacia la tienda de abarrotes a comprar un litro de leche con el dinero exacto, no espera recibir cambio, solo anhela que otra vez no se hayan incrementado los precios. Un hombre en plena edad de fortaleza yace semidormido en una banca del descuidado parque de la colonia, está sucio, con la cara desaliñada, y una botella de alcohol a su lado lo delata de una enervante embriaguez etílica vivida la noche anterior. Hay una sensación deprimente en el ambiente, los semblantes de la gente parecen proyectar hondas preocupaciones, cuando caminan con sus miradas clavadas al piso observan la tierra mojada de las calles, no es que no quieran mirar al cielo sino que van preguntándose porque les ha tocado vivir esa vida.

Ese día tenía hambre como los demás días, pero iba en busca de una sombra confortable que me ahuyentara un poco el apetito. Justo encima de una banca encontré un solitario billete de a mil, creo que nunca había visto uno, o al menos esa idea me pasó por la cabeza. Estaba allí, solitario, huérfano, esperando un padre necesitado que anhelara su valor. Lo tomé en mis brazos cual si fuera un hermoso bebé; sentí una vibra acogedora y una necesidad mutua que nos conectaba fuertemente. Ni siquiera pude guardarlo en la oscura bolsa de mi pantalón, no porque estuviera rota, sino porque creo que él necesitaba que lo resguardara con mis ojos y necesitaba de mi mirada tanto como yo del mirarlo. Le ofrecí mi cálido cariño con mi imperturbable mirada. Cuidé de él con gran esmero, cual padre responsable me consideraba. Los transeúntes curiosos como ávidos ladrones husmeaban a mí alrededor, con ojos de soslayo, sorprendidos de mi hallazgo; pero tenían ojos perversos como bandidos desaforados en busca de billetes de a mil. Inmediatamente me di cuenta que corría peligro en aquel lugar, así que me abrí paso entre los mirones y emprendí camino sin rumbo fijo. Iba acelerado, y en realidad mi rumbo era cualquier lugar lejano. Mi permanencia pudiera haber provocado la demanda de algún mirón que se ostentase como dueño de aquel hermoso tesoro en mis manos. Sabía que cualquier intruso de esta ciudad era capaz de tal “gandallés”. Así que mi huida fue más que oportuna.

Por fin encontré en las orillas de la ciudad un terreno amplio y despejado, la tierra seca esperaba ser pisada y el cielo verde de un tamarindo me ofreció una noche de apacible sueño. Mi puño apretaba con decisión el billete de a mil. Dormí como perro, sin cobija y encorvado, pero como un perro feliz como con su hueso a un costado. Desperté de un brinco y tiré una patada por reflejo. Un puerco mascullaba entre mi cara y mi brazo como buscando algún objeto. ¡Maldito ladrón! ¿Qué buscas aquí? Exclamé en un grito intenso. La bestia huyó asustada, sin lograr despojarme de mi invaluable documento. Pero lo noté un poco mojado y concluí que aquel episodio lo había hecho sudar. Considere que los miserables puercos eran los peores enemigos de los billetes de a mil. El reino porcino era el perfecto cultivo de los ladrones. Las ratas habían sido desplazadas por estos sucios animales. Quizá en aquél chiquero inmundo instalarían un banco enorme con mi dinero y explotarían a los inocentes lechones para que atendieran el negocio, robándoles su tierna infancia, mientras ellos malgastaban las ganancias en sus viles excesos. Afortunadamente el puerco no se salió con la suya y el billete estaba a salvo conmigo.

Habíamos pasado la noche juntos y mi hazaña con el puerco había sido un episodio heroico; sentí que una conexión íntima nos ligaba después de todas estas circunstancias, ya lo amaba más que a un simple hijo. Pero estaba en el éxtasis de mi posesión cuando recordé que tenía hambre y que justo antes de encontrar a mi valioso compañero pensaba en la comida. Las necesidades me volvieron a acosar y pensé que al menos ahora tenía como compañero a mi billete de a mil. Y aunque él no comía, yo debía resolver aquella exigencia digestiva. Sin pensarlo me dirigí a la entrada de la catedral, en esa morada de Dios encontraría gente buena que me regalara un peso o dos para comprar un pedazo de pan. Fui hacia allá y me instale de inmediato; con la mano extendida pedí algún pariente lejano de mi billete de a mil, algún bisnieto lisiado encerrado en una moneda de diez. Justo en ese  momento recordé que podía gastar mi enorme billete por un poco de vino y de pan y que aún me sobrarían algunos descendientes directos de mi noble billete de a mil.

 Tuve que deshacerme de él, y mi estomago me lo agradeció. Ahora tengo siete guardianes de a cien. Son fuertes y hermosos, pero tanta compañía me resulta molestosa, no habrá comparación a la solitaria e inigualable compañía de aquel billete de a mil, cuando éramos solo él y yo, yo y él.

2 Comentarios

  • Se recreación tan fascinante, de verdad me alucine esta chidisima…

    Soy un fan tuyo y me dejo llevar por tu escritura. Y lo saboreo con delicia y delicadeza, disfrutando cada línea al transportarme a los hechos o ficciones en cada palabra. Felicidades.

    Sin duda una de las mejores.. será que me hacen recordar mi vida…

    • Gracias, un saludo brother!!!

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