Sep 27, 2011 - Cuentos    No hay Comentarios

Cuando visité a mi padre

Camine más de una hora para poder llegar al cementerio municipal, aquella puerta de enormes dimensiones, de metal oxidado, era la representación exacta de la entrada al mismo infierno. Los cadáveres que diariamente ingresaban a aquel lugar parecían anticipar o prolongar su llegada al mismísimo hogar de Satán, este hubiera sentido contento de tener una sucursal en la tierra que compitiera con su autentico aposento ubicado en las profundidades de la tierra.

Con miedo, pero con ansiedad cruce aquella puerta milenaria. Las montañas empezaban a comerse el sol, mientras la tarde se hacía más fría entre nubes negras que amenazaban con descargar una tormenta. Un anciano encorvado, de ropas viejas, con semblante distraído custodiaba aquella entrada, su fealdad complicaba mis ánimos de serenidad. Con voz chillona espetó:

-¡Alto ahí niño, que buscas!

-Vengo a visitar a mi padre, respondí, -con absoluta seguridad-.

-¿Quién es tu padre? ¿Cuándo murió?

-Manuel Facio, murió el 27 de marzo de 1935, fue cristero.

-Como puede ser tu padre Manuel Facio si murió hace más de 40 años, y tú apenas tendrás unos siete años de vida.

-Le aseguró que es mi padre, respondí. Mi madre me dijo que lo conoció en Zapotiltic y que guardaron el secreto de su amor.

Intrigado por aquella locura me miró y cediéndome el paso mostró su mirada de desconcierto e intriga. A paso lento aborde uno de los andadores del panteón, el viejo me seguía a la distancia intentando pasar desapercibido, sobre mis espaldas. Vague un tiempo entre las tumbas sin encontrar su nombre. Al final, decidí sentarme en la iglesia de aquel lugar, ubicada extrañamente en una de sus esquinas, exactamente al fondo. Una reja mantenía cerrado aquel sagrado recinto, me pregunte ¿con que objeto?

El viejo que me miraba a distancia, fingiendo faenas absurdas, de pronto se desapareció. No supe si logró burlar mi astucia o finalmente se apartó a atender sus ocupaciones. Al cabo de unas cuantas horas, al ocaso del día; al filo de la noche, habiendo fracasado una vez más de leer en alguna tumba el apellido de Facio, llegue nuevamente a aquella iglesia. Me senté afuera de la reja, justo en la segunda grada.

Pensé que mi padre quizá no había muerto en Quesería, que tal vez la guerra cristera lo llevó a Jalisco y en alguno de sus olvidados municipios pudo ser asesinado. Que su cuerpo ni siquiera tuvo “cristiana sepultura” que quedó depositado en alguna zanja a merced de los gusanos. Esa pudo ser la verdadera historia que nunca me fue contada, y quizá ahora pierdo el tiempo en esta búsqueda absurda.

Pero el destino me tenía preparada una mejor respuesta. El sepulturero, y a la vez guardián de la entrada, me pidió abandonar el panteón porque ya era tarde, y era necesario cerrar las puertas.

-Pero, es que no he encontrado la tumba de mi padre, respondí.

-¿Cómo que no, y esa donde estas parado que es?

-¿Esta iglesia es una tumba? –pregunté-.

-Esa es la tumba más grande del panteón, no me sorprende que la confundas con una iglesia; pero no existen iglesias dentro de los panteones. ¿Quién acudiría a oír la misa, acaso los difuntos?

-Busque el nombre de mi padre en aquella enorme construcción. Una placa en lo alto rezaba: “Manuel Facio. 1908-1935”. Murió a los 27 años, era muy joven, reflexione.

-Debió ser tu abuelo, dijo el anciano, intentando entender la situación.

-¡No! se trata de mi padre, respondí visiblemente consternado.

-Eso es una locura, nadie que esté muerto puede engendrar vida. Cuando naciste él tenía 33 años de haber fallecido.

-Es que mi madre me ha dicho que cuando ella era muy joven vivía en Zapotiltic, en esa época el gobierno cerró los templos mediante un decreto, prohibió la portación de armas y eso provocó el estallamiento de una guerra llamada “cristera”. Me dijo que su padre (mi abuelo), huyó en una revuelta, cuando un grupo de cristeros invadió la presidencia municipal e incendió la ciudad de Zapotiltic, que ella fue capturada por Manuel Facio, mi padre, y aunque la raptó de manera violenta para después pedir un rescate por ella a mi abuelo, lo quiso tanto al grado de casarse con él secretamente.

El anciano, casi con la risa en los labios, respondió.

-Eso nunca ocurrió. El relato es celebre precisamente porque fue una tentación vencida. Pero no de la que dices es tu madre, sino de Manuel Facio. No hubo tal casamiento, no hubo tal relación, ella fue entregada a su padre y Facio obtuvo su recompensa de dos mil pesos, pero sobre todo, evito ser fusilado por Dionisio Ochoa, jefe del Cuartel General de Caucentla, cuando una carta de la muchacha y del padre dieron testimonio escrito que Manuel había respetado la honra de la joven. Por aquella época los revolucionarios de ese cuartel fueron advertidos por Dionisio de respetar a las mujeres, que se encontrasen en sus correrías, bajo pena de fusilamiento a quienes contravinieran tal disposición.

Pensativo, guarde silencio. Pero aún me quedaba la duda de porque mi madre me había hecho creer aquella historia tan absurda. Enseguida el panteonero me acompañó a la puerta, y dado que la noche había llegado, no me dejó marcharme sin acompañarme hasta mi casa. Cuando llegamos a mi casa, mi madre abrió la puerta y me regaño frente al desconocido, quien se apresuró a explicarle toda la historia de mi tardanza. Cuando mi madre escuchó aquella loca aventura se le humedecieron los ojos y encontró la oportunidad para desahogarse ante aquel viejo panteonero.

Quizá avergonzada de su comportamiento o de su mentira se sinceró ante aquel hombre, que sin embargo, añoraba descubrir la causa de tan malicioso engaño. Me ordenó entrar a la casa; pensó que no escucharía su explicación, pero era yo el primero en querer saberlo, así que me las ingenie para escuchar cada palabra.

Lo que el niño ha dicho es cierto, él es hijo de Manuel Facio, pero no como cualquiera lo pudiera pensar. Eran mis años de secundaria, por allá por 1968, era yo una joven de apenas 15 años, en la escuela se organizaban representaciones teatrales para acreditar la materia de Educación Artística, aquellas que lograban mayor éxito obtenían el apoyo del Ayuntamiento para hacer presentaciones periódicas en la plaza de Quesería y también en Cuauhtémoc, con suerte la gira se extendía a otros municipios del Estado.

Un profesor de la secundaria, buen amigo de Manuel Sánchez Silva, convenció a la escuela de representar el relato de “Una Tentación Vencida”, le pidió a su amigo Manuel que le escribiera un guión más amplio de aquella historia, que formulara los diálogos; en general, que diseñará aquella representación con la habilidad que le era característica. Gracias a la generosidad de don Manuel todo resultó esplendido. El casting para elegir a los personajes fue un alboroto para todos los estudiantes de la secundaria, nadie hablaba de otra cosa. Los muchachos anhelaban el papel de Manuel Facio, nosotras creíamos que el papel de la joven, hija del rico amigo Zapotilteco, era el más notable.

Al cabo de tres semanas se anunció el elenco de la obra, fui escogida para el papel de la muchacha, a la que se llamó simplemente Catalina, ese es mi nombre. Pero no es una casualidad, pues a falta de nombre en el relato original don Manuel había sugerido esta ingeniosa idea para volver más significativa aquella obra, al menos en nuestra ilusa mente de jóvenes e improvisados actores. El papel de Manuel Facio fue para un apuesto joven de 18 años, originario de aquí mismo, de Quesería, del que me quedó la mejor impresión desde la primera vista. Él estudiaba el tercer año, uno más que yo, pero a pesar de estar estudiando en la misma escuela nunca me había dado cuenta de lo atractivo que era.

Transcurrieron tres meses de duros ensayos, la obra quedo lista para las fiestas del Cristo de la Caña, en mayo de ese año (1968). Durante el proceso me percate que los actores, cada vez más, nos parecíamos a los verdaderos protagonistas de la historia, excepto que Catalina no se enamoraba de Manuel Facio, sino que este último se enamoraba de ella. Las palabras de Dionisio para el grupo de rebeldes “no me vayas a obligar a fusilarlos” fue tal vez lo que salvo a la muchacha de ser abusada. Facio acató aquellas órdenes a pesar del interés por su hermosa carga. Dejó las cosas en “un gancho” para que el rico zapotilteco aflojara el dinero.

Francisco, el joven que encarnó a Facio, hacia un inmejorable papel. Mostraba una sinceridad cuando le decía a Catalina ¡vámonos casando!, que ella forzaba la negación brillantemente para no desvirtuar la historia. Para evitar un alargamiento innecesario de este relato, debo decirle que nos enamoramos perdidamente uno del otro, confesó Catalina.

La obra tuvo tal aceptación que fuimos invitados a realizar una gira por todo el Estado, nuestro sentimiento se iba haciendo cada vez más profundo, durante ese recorrido concebimos a Manuelito. El resto de la historia es muy triste. Cuando terminó el ciclo escolar, en agosto, Francisco partió a Guadalajara con sus padres a seguir estudiando la preparatoria, nunca supo de nuestro hijo, y jamás lo he vuelto a ver. Todo ese mundo fantástico de la obra inspirada en “Una Tentación Vencida” es lo que me ha hecho decir que el niño es hijo de Manuel Facio, no sé si me enamore de Francisco o del personaje de la historia.

Mi madre calló; un silencio sepulcral y la mirada de compasión del anciano fueron la señal de clausura de aquella conversación, antes de la silenciosa retirada del sepulturero.

 

* Este relato obtuvo una mención honorifica en el Certamen Estatal de Viñetas Manuel Sánchez Silva 2010.

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