Ene 14, 2012 - Cuentos    No hay Comentarios

Diario de un mendigo II

Hablamos de tiempos muy remotos, cuando el mundo era bello y todavía éramos alguien en él. Me dijo que deseaba regresar al mundo originario, aquel hombre mudo y desnudo suelto en la naturaleza, me identifique al principio con su fantasía pero después me di cuenta que me impulsaba decididamente con sus palabras a convertirme en un cobarde, igual que él. Así que le confesé que a mí me gustaba vivir el mundo con todo y sus sufrimientos, que para algo habíamos sido creados y que los mendigos nos alimentábamos todos los días “con el pan y el agua de la tristeza”. Apostados en la cumbre de una catedral pueblerina observábamos con emoción ese manto de casas coloridas que forman el horizonte anterior al sol. Nunca supe el nombre de las ciudades por las que tanto camine, recuerdo muy bien el rostro de los hombres y mujeres que transitan por los andadores en un acompañamiento indiferente, o de los que se asoman por las ventanas o los que arrojan objetos desde las azoteas, pero el nombre de todos juntos, con sus paisajes y sus miserias no me ha importado nunca en absoluto. Ahí donde me dieron pan, solo regrese pocas veces porque no quise depender de gentes bondadosas siendo yo un errante tan miserable. La verdad es que las personas creen que a través de su caridad van a salvarse, y nunca me ha gustado servir para esos propósitos a los demás. Porque ser instrumento de salvación de esos hipócritas enmascarados es muy incomodo, nunca me ha gustado que la gente se engañe de esa manera. Salen a la calle, entregan unas monedas en la esquina por la mañana y luego se dedican todo el día a crearles un infierno a sus semejantes.

            Cuando vi a mi acompañante tan serio ante mis comentarios creí que realmente estaba atento y deseaba que le contara la historia de mi caída. Me gusta mucho relatar mis momentos de gloria, pero esta vez decidí engañar a mi nuevo amigo y colega sobre mi trillada historia. Le dije que siempre había sido un tipo miserable nacido en los barrios bajos de la capital, que mi infancia fue pobre y friolenta, que trabaje mucho tiempo en las esquinas limpiando cristales de automóviles durante mi niñez, y que nunca había ido a la escuela. Todo era mentira, pero me encantaba que su atención no se interrumpía. Oculte mi periodo de oficinista aburrido en oficinas grises y altas, no mencione nada de que alguna vez tuve jefe y odiaba obedecer sus órdenes. En su lugar le conté que siendo joven decidí viajar al extranjero, por tren o a pie descalzo, qué más da… era mentira. Le inventé que conocí otros países, porque logré cruzar fronteras imposibles con muros enormes, vigilados por policías con cara de mono. En una ocasión me hirieron con balas de goma, pero nunca me deje atrapar. Esos infelices te quieren matar, y desearían que las balas no fueran de goma, incluso poco les pesaría que fueran de oro o de plata, siempre y cuando pudieran quitarte la vida.

            Un día estuve en el mar, con arena blanca y aguas azules. Le dije que nunca había visto el mar y que ese día estuve allí sin moverme para aprovechar muy bien la oportunidad. Todo me lo creyó, solo movía lo ojos, asentía con la cabeza y movía la cola. No me pesa haberlo engañado porque la veracidad se pierde en las posibilidades, toda cosa imaginada pudo ser cierta, pero pequeños y menudos detalles cambian los acontecimientos de forma totalmente insospechada, así que de no ser por algún suceso fallido mi vida puso ser completamente otra. Me gusta creer que la vida no se limita a los acontecimientos reales sino que es mucho más grande que eso, pero me gusta más que otros crean conmigo las historias paralelas que llegan a ser verdaderas cuando las cuento y los demás ni sospechan por un solo instante que pudieran ser falsas.

            Recogimos la cacerola, nos habían donado cerca de cuarenta pesos. Le invite una torta a mi colega pero solo aceptó un pedazo de carne fresca. Caminamos por el bello andador que se dirige a la catedral donde el hermoso jardín de la libertad tantas veces no había acogido. Creo que tenían una exposición de fotografías antiguas, y la miramos un poco. Le dije a mi acompañante que ya había hablado demasiado así que era momento de que me contará la historia de su caída. Me agache para escucharlo de cerca porque era muy chaparro. Por primera vez habló. Dijo que me contaría la historia más grandiosa que hubiese escuchado, pero no era la de su caída, porque él tampoco había caído, sino que siempre fue pobre y miserable, al igual que yo, pero seguramente también era mentira; uno suele avergonzarse de reconocer su miseria cuando has acabado en loco o vagabundo. Pero tampoco lo cuestione, compadeciendo de alguna manera su miseria al igual que él guardo silencio ante mí mentirosa ficción. Me contó que un día conoció la historia del mendigo más fabuloso del mundo, era una mujer anciana originaria de Mazamitla, llamada Simona Ha.

            Todos piensan que el mejor mendigo es un hombre sucio con alguna mutilación o con ceguera, porque es el que produce más compasión, pero el mejor de todos fue y ha sido esta mujer anciana que se mantenía en perfectas condiciones. La piedad no tiene sexo, pero seguramente tiene cara de mujer. Desde joven se dedicó a vagar por las calles de las principales ciudades del país, nunca en Mazamitla, de donde era originaria. Se dice que prefería Guadalajara, Monterrey, Toluca y el Distrito Federal. Desde niña fue bastante fea, y quedó huérfana atendida por unos tíos. Hizo de la mendicidad la más ilustre de las profesiones, pues al principio vivió en la miseria a causa de su orfandad. Pero nunca se ha conocido a persona más astuta que ella, pues pasados los años utilizó la pobreza como un ingenioso disfraz. Las limosnas que obtenía siempre eran bien invertidas, así que pronto logró cambiar las monedas obtenidas por la caridad en un negocio muy redituable. A pesar de que sus modestas inversiones prosperaban nunca abandonó su actividad de pordiosera, y en lugar de gastar las limosnas en vicios, como lo hacemos muchos de nosotros, ha obtenido toda clase de bienes. Consagrada a la profesión más difícil ha demostrado a sus colegas que este oficio puede ejercerse por gusto. Y con el tiempo, en su natal Mazamitla, se convirtió en una mujer muy respetada, aunque su vida en las calles era clandestina. Cuando por azares del destino alguno de sus conocidos la veía en otra ciudad fingía locura y se empeñaba más en disfrazar su cara para evitar ser reconocida.

            Ahora ha decidido comprar una magnifica cabaña en lo alto de la sierra, y ahí oculta su riqueza, su reputación y toda una vida de azarosa mendicidad. Es una mujer venerable que algunos mendigos visitan con regularidad, pero no para pedirle caridad, sino para escuchar sus consejos e historias que la han llevado a la cima. Es ahí donde surgió la frase de la caída. Cada limosnero cuenta la historia de su caída, relatando sus miserias y su tristeza. Porque a pesar de que muchos tenían poco, o casi nada, todo se pierde al llegar a ser pordiosero. Todos los días se pide a los demás un poco de pan y un poco de afecto. Somos solitarios, hambrientos y tristes, no hay nada peor, porque no tenemos absolutamente nada, todo lo mendigamos. Todos escuchan entre sí, las más sorprendentes historias de caídas, pero cuando ella cuenta la historia de su ascenso todos quedamos maravillados. Porque convirtió su caída en una forma de ascenso. Supe que a pesar de su fama de la más grande pordiosera ha seguido saliendo a las calles con gran emoción porque no puede dejar de vagabundear para experimentar esa sensación adictiva de no tener nada en el mundo.

            Deberías ir a visitarla un día, seguro que no habrá experiencia más impresionante en tu vida. Imagina aquella hermosa cabaña hundida en la montaña, con una chimenea humeante, comida caliente y reconfortables muebles para escuchar sus magníficos consejos. Son como tres días a pie desde aquí, o llegaras más rápido si te subes al tren. Yo no podré acompañarte porque ella me ha enviado a contar su historia a todos los rincones del mundo y si regreso antes que encuentre todos los vagabundos de esta ciudad se molestará conmigo. No te preocupes por nada, cuando llegues a ella comprenderás claramente tu vida y tu destino, solo debes confiar, ahí está el secreto para ganarte su aprecio.

            Apenas pude darme cuenta cuando mi colega se había retirado, pero quede maravillado de su relato. Ni siquiera supe su nombre, pero me insinuó al retirarse que él era como una especie de mensajero divino, y que debía llevar el mensaje a todos los que quisieran escucharlo. Lo despedí lentamente con la mirada, sus ojos brillantes fueron el diamante que corono mi convicción de emprender ese largo viaje hacia la limosnera más famosa del mundo. Identifique una mendicidad gozosa, una miseria llevadera, una esperanza luminosa que no puede fingirse fácilmente. No necesitaba preparar maletas, hacer lonche, o planear el trayecto, caminar en dirección del índice, ya fuera al sur o al norte, según indicaran los caminantes, ese era el único requisito. Nada que perder en esta aventura, y muchas cosas por descubrir. Llegaré cuando pueda, como pueda, pero llegaré. Comeré como pueda, cuando pueda, donde pueda pero algo comeré. Ese es mi plan.

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