Visita de Peña Nieto a Colima

El pasado jueves 31 de enero estuvo de gira por nuestro estado el Presidente de la República, Enrique Peña Nieto, para poner en marcha el programa de Desarrollo Sustentable de Bosques, que tiene como fin hacer conciencia en torno a la conservación de las áreas naturales. Acudí al evento como invitado del H. Ayuntamiento de Colima e integrante del Cabildo Municipal. Y de cierta manera movido por la curiosidad de conocer directamente al hoy Presidente de México, que “haiga sido como haiga sido” triunfó en las elecciones presidenciales. Y aunque no voté por él, e incluso promoví el voto por la candidata del Partido Acción Nacional (PAN), siempre tuve la curiosidad de entender porque mucha gente simpatizaba con su proyecto a pesar del bajo perfil que siempre mostró. Así que mi primer impresión fue que hubo demasiada seguridad en torno al evento, pues la avenida 20 de noviembre estaba cerrada casi desde el Rey Colimán hasta esquina con la calle Medellín, por lo que el ingreso en vehículo era muy complicado. Además, el acceso al Parque Hidalgo, incluía vigilancia del ejército en kilómetros a la redonda, desde varios días previos, así como un largo acceso con detector de metales. Y el inicio del evento se programó para las 11:30 horas pero comenzó después de las 13:30, es decir, más de dos horas después.

Los invitados se alborotaron a la llegada del Ejecutivo, y su arribo al estrado se prolongó entre besos y aplausos. Una cálida bienvenida sin duda. Lo que incremento mi curiosidad ante aquel fervor de sus seguidores y seguidoras. Pero llegó el momento de los discursos, y Peña Nieto, titular del ejecutivo, hasta ese momento era el producto de una expectación alimentada por la espera y las dificultades de acceso al lugar. Pero apenas abrió la boca se acabó la magia. Ni su copete acicalado, ni su trabajada sonrisa lograron salvarlo de su simpleza intelectual. Pues no dijo nada interesante, dio vueltas a dos tres ideas en forma redundante, soltó una cifra: “que se plantarían 180 millones árboles al año” e incrustó una que otra frase “emotiva” en su discurso sin verdadera expresión corporal. Así que me sentí decepcionado por las horas de espera y las pruebas para el ingreso. Porque lo menos que uno espera de un Presidente es que vaya preparado para justificar un proyecto de 7 mil millones de pesos anuales, o que formule alguna reflexión interesante cuando intenta “hacer conciencia en torno a la conservación de las áreas naturales”.

Pero no se puede tapar el sol con un dedo, pues en lo que va de la administración del priísta, sus yerros y falta de sensibilidad son evidentes. No solo por lo citado previamente, o lo ocurrido el 17 de enero pasado, que no supo el significado de las siglas IFAI (Instituto Federal de Acceso a la Información y Protección de Datos), sino porque, más grave aún, según fue publicado en SinEmbargo, el diario Reforma y la revista Proceso, el Presidente salió el viernes por la noche hacia Punta Mita, Nayarit, para pasar ahí el fin de semana con su familia. Lo hizo el viernes, justo unas horas después de que, en una reunión con los integrantes de la Confederación Patronal de la República Mexicana (Coparmex), declarara tres días de luto nacional por el saldo mortal que ocasionó la explosión en el Edificio B del Centro Administrativo de Petróleos Mexicanos (Pemex) en la Ciudad de México, donde aún había trabajadores atrapados bajo los escombros y la cifra de muertos no era definitiva. De modo que si Enrique Peña Nieto decidió ir a disfrutar del sol y el mar en la primera gran crisis de su gobierno, no solo debe estar a debate su falta de capacidad o sus tropiezos verbales sino su verdadero compromiso con los mexicanos.

Esto me recuerda “El cuento del retorno del dinosaurio” que dice: Esta es la historia de un país que durante 70 años fue gobernado por un dinosaurio, ayudado por víboras prietas y tepocatas. Un día el pueblo voto por el cambio y llegó un personaje con botas y los echó del poder. Seis años más tarde entró Fe-lipe, el presidente de la seguridad, pero el pueblo le perdió la Fe, y todo quedó en lipe. Pero todo estaba preparado para el regreso del dinosaurio y sus magníficos secuaces. Los partidarios del monstruo estaban tan seguros de su regreso que lo disfrazaron de vaca, y los electores enajenados del maravilloso disfraz confundieron la vaca con el dinosaurio. Los analistas dijeron que el triunfo no se debió a la genialidad del disfraz sino que los electores de cualquier manera habrían votado por él aun cuando lo hubiesen disfrazado de burro. Concluyeron que el pueblo se parece a sus gobernantes.

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