Una digresión

Un colega muy estimado me interrogaba si mi columna de la semana pasada podía referirse a un concepto más amplio de democracia; porque de lo contrario, me dijo, era necesario matizar el análisis con mayor claridad. Y creo que su objeción es más que pertinente al respecto. Y es que, en la columna a que me refiero, interrogaba al lector sobre la necesidad de una evolución democrática, y aunque hice referencia a la democracia interna de los partidos políticos (en especial al Partido Acción Nacional) también aludí en diversas ocasiones a términos como el régimen democrático o el concepto mismo de democracia, en forma abstracta.
Creo que es justo aclarar que mi alusión dista mucho de ser un análisis académico de los desafíos que enfrenta nuestra democracia. Es más bien una opinión, basada en ciertos elementos de la realidad, sobre lo que está pasando al interior del Partido Acción Nacional y la necesidad de tomar conciencia de ello para lograr una transformación en el corto o mediano plazo. El problema que enfrentamos no es el caso concreto de una contienda interna al Senado de la República, ni la postulación de éste o aquel candidato. Ni tampoco el éxito o fracaso del partido en la próxima elección constitucional. Esos son temas que están completamente fuera de nuestro alcance y que sólo nos servirán para realizar un análisis serio y objetivo del problema. El verdadero problema de todo esto es el diseño institucional de nuestra democracia interna, que es precisamente el meollo de aquella columna. La manera en que los militantes nos hemos dado ciertas reglas para elegir los candidatos del partido. Instituciones, reglas y procedimientos que se dicen “democráticos” porque suponemos que en ellos impera el principio de que es la mayoría la que libremente toma las decisiones. En una contienda que debe ser equitativa y regirse por el principio de la discusión.
Pues bien, a mi parecer, dichos principios no se respetaron en el proceso interno del Partido Acción Nacional a senadores. Y no me parece necesario ahondar demasiado en ello, pero mi conclusión se redujo a dos planteamientos concretos: 1) El proceso interno no fue democrático porque se utilizaron grandes cantidades de dinero para comprar el voto; y 2) El elector no tuvo la madurez para rechazar un beneficio particular e inmediato a cambio del sufragio. Esto significa, a mi parecer, que el diseño del proceso interno supuestamente democrático, está rebasado. Lo que puede deberse, entre otras cosas, a: 1) fallas en el esquema de reclutamiento y formación ideológica de los militantes, y; 2) ineficacia en los mecanismos u órganos de control del proceso interno. Y esos son quizá algunos de los temas que deberán revisarse en el futuro, para perfeccionar las instituciones democráticas.
De manera que una referencia más amplia al funcionamiento de nuestra democracia, como forma de gobierno, me parece que implicaría encarar el problema con mayor seriedad y profundidad de la que permite una columna periodística, así que dicha tarea la dejaré en manos de aquellos estudiosos de la materia que pueden hacerlo mejor que yo. Por tanto, considérese este texto apenas un apunte referencial a un tema de investigación mucho más profundo e inquietante para el conocimiento y progreso de nuestras instituciones.

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