Político gradualista


Karl R. Popper, científico austriaco, escribió en 1940 un interesante artículo titulado “ideal y realidad en sociedad”. Popper nos dice que comúnmente se habla de dos tipos de políticos: Los idealistas y los realistas. A los idealistas sus oponentes los describen como hombres incapaces de afrontar las realidades políticas, hombres que sueñan e imaginan utopías, es decir, sociedades ideales que no existen en ninguna parte y que difícilmente llegaran a realizarse en algún lugar.

Pero los idealistas se describen a sí mismos como personas capaces de considerar una meta hacia la que el género humano debería avanzar, y que no se contentan meramente con seguir adelante pese a los obstáculos sin saber a dónde van y que es aquello que se esfuerzan por seguir, sino que son lo bastante racionales como para preguntarse cuales deberían ser sus objetivos. Mientras que a losrealistas sus oponentes los describen como oportunistas que no tienen ningún principio general más allá del de proseguir adelante según la ley del mínimo esfuerzo y que, por tanto son empujados a avanzar en lugar de ir por delante. Pero ellos tienen, desde luego, una opinión diferente de sí mismos. Se enorgullecen de enfrentarse a las realidades y de lograr algo aquí y ahora; no son soñadores, sino hombres de acción, capaces de afrontar hechos incontestables.

El autor propone una categoría alternativa que a su juicio es la más sensata: el político gradualista. Pero, ¿en qué cosiste este enfoque? Popper parte de la premisa de que todo político racional debe plantear su fin político, es decir, su Estado ideal. Solo cuando determinemos el proyecto de sociedad al que aspiramos llegar podremos trazar el plan de acción practica.

Ahora bien, ese proyecto ideal en el que la sociedad alcanzará la perfección y la felicidad se encuentra aún muy lejos, y de eso debe estar consciente el político gradualista. Por lo tanto, debe adoptar el método de buscar y luchar contra los mayores y más urgentes males de la sociedad, en lugar de buscar y luchar por su mayor bien último. El método gradualista es sencillo, pues intenta implementar programas concretos para instituciones definidas, por ejemplo, para el seguro de enfermedad o desempleo, o los tribunales de mediación y arbitraje, de presupuesto del Estado para luchar contra la crisis, o de la reforma educativa. Y en el caso de que salgan mal, su daño no será muy grande, ni el reajuste muy difícil. De manera que del experimento que mejor podemos aprender es de la transformación de una sola institución social, y además podremos comprender cómo encajan las instituciones en el marco de otras instituciones. Si fallamos, los errores nos evitan exponernos a repercusiones cuya gravedad pondrían en peligro la voluntad misma de realizar futuras reformas. De modo que el método gradualista permite experimentos repetidos y reajustes continuos. Y al mismo tiempo que los políticos comienzan a prestar atención a sus propios errores en lugar de justificarlos y demostrar que siempre están en los cierto.

En el método gradualista, el proyecto final será el resultado de la experiencia, avanzando poco a poco, por partes, a través de una serie de errores. La nueva maquinaria que habrá diseñado, el político gradualista, es el resultado último de un gran número de pequeñas mejoras. Esta ideología admite tranquilamente la imposibilidad de transformaciones inmediatas y radicales, pero nos advierte que debemos ocuparnos de los problemas reales más apremiantes, como por ejemplo, ayudar a los débiles, evitar el desempleo, igualar las oportunidades y evitar la impunidad, esto es, los efectos de la violencia y la corrupción incitados por los grupos criminales.

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