La sinceridad

Una de las máximas de la doctrina de Confucio dice que “solo aquellos absolutamente sinceros pueden transformar a los demás”, porque “la sinceridad es el principio y fin de las cosas. Sin sinceridad, no habrá nada…La sinceridad no es solo la perfección del yo, sino la de todas las cosas. La perfección del yo significa humanidad. La perfección de todas las cosas significa sabiduría… en consecuencia, siempre que se recurre a ella [a la sinceridad], todo lo que se hace es correcto”.

La sinceridad de corazón, es pues, el material con que se teje el orden social y la paz del mundo. Y preguntaran tal vez ¿a qué viene todo esto? Debo confesarles compañeros que veo en la política actual, ausencia de sinceridad. Esos que se auto nombran políticos profesionales y que pronuncian discursos conmovedores ante multitudes pasivas, apenas bajan del escenario, apenas sueltan el micrófono, apenas consumen sonoros aplausos, se comportan como técnicos del poder, como tornillos de una maquina de manipulación y obtención de votos.

Los tiempos actuales, creo yo, exigen individuos que sean menos políticos cada día. Que entiendan que la cuestión no es como hablar sino que contenido debe darse a toda nuestra palabrería. La política actual exige hombres y mujeres absolutamente sinceros. No venimos aquí a estudiar a esos pasivos electores para descubrir cómo hacer para que nos aclamen. Esa es la autentica soberbia de los políticos actuales. No estamos aquí para desentrañar la fórmula que nos llevará al poder y nos permitirá cobrar una jugosa quincena durante tres o seis años. No es eso a lo que venimos a este partido. Los nuevos tiempos exigen hombres nuevos. Cuya sinceridad de corazón sea la de servir a los demás.

Ustedes que han gobernado el partido y que han dominado la política ¿no se dan cuenta lo que han hecho? ¿No entienden, acaso, que han vuelto esto un mercado, que han administrado el acceso al poder como si fuera una tienda de abarrotes o un teatro? Han profesado una política de simulación. Salen al escenario con su traje de luces a decirle a elector lo que desea oír. Se han vuelto actores de segunda categoría. La túnica de la sinceridad, la han dejado en el guardarropa porque no les permite brillar en el escenario y conseguir votos. Pero yo los invito a salir desnudos al escenario. La sinceridad del corazón hay que encontrarla en nuestro interior, luego podremos mostrarla a los demás.

Percibo su ánimo, y me doy cuenta que piensan que busco ser candidato o funcionario. Pero no hay nada más equivocado. Esa sinceridad de corazón me faculta para hablar con libertad. De lo contrario, la hipocresía que se respira en los ambientes políticos, moldearía mi discurso para tratar de quedar bien con aquel que distribuye las candidaturas y con ello garantizar una ventaja en esa carrera por los puestos públicos. Ustedes llegarán al poder, aumentarán su capital, muchedumbres seguirán sus pasos y sentirán gran satisfacción por sus logros. Yo nunca tendré esa suerte, pero además deseo nunca tenerla. Viviré en la medianía de un trabajo que exige mucho esfuerzo por poco sueldo pero solo así estaré contento. No se confundan, esto no es mediocridad. Se trata de un caso que parte de lo que a uno le disgusta para llegar a la conducta apropiada. Mi participación en todo esto solo será para incomodarlos de vez en cuando, si es que se me concede la palabra.

Por último dijo, -mirando al espacio vacío-: ¡ustedes que son sinceros, ignoren mi discurso!

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