Justificción

Me propuse escribir un magnífico artículo sobre política, el mejor que jamás haya escrito; tome entonces el periódico de la mesa, lo hojeé un poco, leí algunas noticias: Oscar Zurroza, Mario Anguiano, Nacho Peralta, y tantos otros nombres que describían a políticos haciendo o diciendo algo, pero en seguida sentí aburrimiento. Y aunque recordé que este es un espacio de noticias, y que las columnas hablan de cosas importantes, logré liberarme un poco al pensar que si otros estarían escribiendo en este preciso instante sobre todo eso, yo no tendría porque hacerlo, máxime cuando nunca me había comprometido a ello.

Imaginé entonces aquella ceremonia majestuosa en la que se premia a los columnistas, y me vi recibiendo el premio a la columna menos leída, una cortesía de mis siete lectores, el número de veces que releo antes de enviarla y la lectura que mi editor se ve forzado a hacer antes de publicarla, y esto en el mejor de los casos. Seis lectores se concentran en mi porque cada uno de ellos lee con escepticismo aquello que tal vez será publicado, cada uno con visión diferente. La entrega del premio fue al mismo tiempo el anuncio de la existencia de la columna, y al fin los demás supieron que alguien intentaba escribir De Ficciones y Realidades. La frase de mi discurso fue memorable: “si los demás no se detienen a leer columnas de opinión en los periódicos porque los que escriben habrían de preocuparse por decir algo importante”. Por un momento experimenté la irresponsabilidad y el nihilismo de Cioran, pero culpé a la realidad de la imposibilidad de ofrecer algo interesante.

Pensé entonces, que debía hablar una vez más de ficción. Aunque no pude comprender porque otros habían de gastar su tiempo en leer esto, y dejar de leer a los clásicos. La misma pregunta me formulé a mí mismo, y justifique el tiempo gastado en la columna, en entretener a los aburridos. Esos lectores que intentan matar el tiempo y que pudieran llegar a divertirse con alguna de mis ocurrencias. El argumento me pareció absurdo, no obstante recordé que hacía tiempo ese recurso de argumentar era una práctica olvidada, esforzarse en ella era completamente inútil.

Supuse entonces que soltar un nombre entre líneas, el nombre de algún escritor y un buen libro podría darme el fundamento que necesitaba. Pero recordé que pocos están interesados en ese tipo de lectura, y que no esperan encontrar buenas referencias en columnas de periódicos. Sin embargo, llegue a la conclusión que eso es mejor que saberse leído por trabajadores de comunicación social que por un sueldo se ven obligados a buscar nombres de políticos en columnas kilométricas, o bien cualquier crítica o halago aún disimulado en análisis que se precian de imparcialidad u objetividad. Me dio nausea pensar en esa posibilidad y quede conforme con mi justificción.

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