Fernández Noroña

Un personaje que protagoniza constantemente enfrentamientos verbales en la cámara de diputados. Ya sea con diputados del PRI, ya sea con sus archienemigos del PAN. Es un integrante del grupo parlamentario del Partido del Trabajo (PT), y en otro tiempo perteneciente al Partido de la Revolución Democrática (PRD). Fiel seguidor de Andrés Manuel López Obrador y del movimiento para “salvar a México”. Es uno de los más radicales izquierdistas de nuestro país, sino es que el más radical de todos. Su trayectoria política en los partidos llamados de izquierda en México, evidencia un autentico fanatismo por sus ideales, así como actos radicales que rayan en la violencia física y verbal; es un personaje, que al igual que otros de su partido, se creen en la posesión de la verdad absoluta y sienten el deber de imponerla a los demás. Por ello, si alguien no coincide con sus ideas merece una descalificación brutal, poblada de subjetividades estridentes.

            Fernández Noroña tiene la convicción de que el mayor pecado de un mexicano es ser panista, o apoyar a Felipe Calderón. Su odio infinito por aquellos que asegura “les robaron la presidencia” lo lleva inconscientemente a formular una asimilación lapidaria entre los infiernos de Dante y el México actual, de manera que México es El Infierno, y está constituido de nueve círculos concéntricos, en cuya médula se ubica Calderón-Lucifer, que es la fuente de toda maldad, y en los primeros círculos se ubican todos aquellos que guardan una relación estrecha con este núcleo malévolo. De manera que los colaboradores más cercanos, y más adyacentes al núcleo, son de lo más detestable, y así sucesivamente, los que son sus amigos son parte de la mafia en el poder, o reino de Lucifer, e incluso aquellos que son capaces de sentir una leve coincidencia o simpatía comparten ese estigma.

            El paraíso, en cambio, se ubica fuera de ese círculo del mal. Esta más allá del alcance terrenal. Se trata de una figura providencial que representa la divinidad. Al igual que la alegoría cristiana. En esa nube imaginaria se idealizan sus concepciones políticas tangibles, y están representadas por su líder Andrés Manuel López Obrador. Único ser capaz de solucionarlo todo con el simple ejercicio de su voluntad. La irremediable fe en la capacidad personal de ese súper-hombre implica que esta fructífera raza mexicana en realidad es incapaz de producir grandes hombres, sino solo por excepción, y por lo tanto estamos predestinados a que nos gobiernen estos personajes que se autoproclaman salvadores de la patria. Como ocurrió en la historia, según nos dice Francisco Martín Moreno, cuando algunos mexicanos se apresuraron a considerar como nuestros salvadores a: Antonio López de Santa Ana, Porfirio Díaz, Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles. U otros tantos dictadores latinoamericanos como Anastasio Somoza, Fulgencio Batista, Rafael Leónidas Trujillo, Juan Domingo Perón, Fidel Castro y Hugo Chávez.

            Y es que el problema radica en la premisa misma de la solución a los problemas. Un solo hombre ha de solucionar los males que nos aquejan. Eso implica cederle poderes extraordinarios o que él mismo se los conceda, para estar aparentemente en posibilidad de cambiar las cosas. Esa concentración de poder es indebida en si misma porque el poder magnificado puede ser usado para el bien o para el mal, y nuestra única garantía de su uso es la integridad del caudillo, que sin embargo, resulta una seguridad bastante endeble. Así que una vez otorgados los poderes máximos se vuelven propiedad del líder, y regularmente son utilizados para una serie de abusos y excesos. Como tantos ejemplos históricos tenemos en los gobiernos priístas del pasado. Cuya concentración de poder en la figura del Presidente de la República solo fue causa de privilegios para la cúpula y una serie de arbitrariedades contra las mayorías. Así que seguir esperando a nuestro salvador, al líder máximo que resuelva todos nuestros problemas, al hombre que piense por nosotros y nos lleve al paraíso anunciado, es solo una muestra de la existencia de ciudadanos ignorantes y desesperados, que son incapaces de edificar o fortalecer nuestras instituciones republicanas.

            Pero volviendo al aguerrido diputado Noroña. Utiliza la tribuna para denunciar lo que a su parecer es una postura legítima, y se siente en el derecho no solo de expresar sus “verdades”, sino en la obligación ajena de escucharlas con asentimiento. Y esa actitud no es propia de una democracia, sino que implica una notable intolerancia. Asegurarse, de antemano, poseedor de la verdad, anula toda posibilidad de dialogo. No obstante, pueden atribuirse al diputado algunas intervenciones bastante lúcidas, en las que, simplemente, sus interlocutores no hay logrado ganarle el debate de ideas. Su capacidad oratoria ha puesto en jaque a diversos tribunos, y de no ser por su estridencia y majadería, aquello podría tenerse por una impecable pieza discursiva. Un caso reciente, es el que protagonizó con el diputado colimense, Leoncio Morán, al que acusó de asesino. Pero este último le contestó: “el que se enoja pierde” y acabó lanzando una descalificación innecesaria a la asistente del diputado. Error que provocó la ira de Fernández Noroña, y la terminación abrupta de la sesión.

El diputado petista regularmente se centra en descalificar a su adversario con alusiones personales, por lo que a todos los llama: asesinos, rateros, cínicos, y todo lo que se le parezca. Considera que al desacreditar al oponente lo deja en imposibilidad de sostener un discurso creíble. Sin embargo, el debate de las ideas debe ir más allá de los sujetos, y sus interlocutores debieran acudir a ello solo por excepción, de lo contrario van a convertir el parlamento en un circo. Con un hombre que no pierde oportunidad de combatir a sus villanos favoritos.

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