¿Evolución democrática?

Diversos acontecimientos de la vida política de nuestro estado, que al parecer no son exclusivos de un solo partido político, nos animan a reflexionar sobre la necesidad de una evolución del régimen democrático. Una reciente investigación publicada en la revista Proceso, describe que en el proceso interno de selección de candidatos a senadores del Partido Acción Nacional “campearon las más añejas prácticas priístas” y las acciones de mapachería electoral incluyeron el masivo reparto de despensas y el acarreo de electores, hechos que se presentaron no sólo en Colima sino en numerosos estados del país como Chihuahua, Guanajuato, Jalisco, Michoacán, Oaxaca, Tamaulipas, Veracruz y Yucatán. El reportaje refiere que estas prácticas han ofendido a la militancia, sobre todo porque no se sanciona a quienes las cometen.

Recordemos que la idea de democracia surgió en Atenas con la reunión pública de todos los ciudadanos en una asamblea para la toma de decisiones sobre los asuntos de la ciudad, y ha evolucionado al voto libre y secreto de las democracias actuales. Pues bien, es posible que ese régimen esté agotado y deba evolucionar a una forma más moderna. ¿Cuál es el problema? Básicamente hablamos de que la idea de democracia presupone el principio de la igualdad de condiciones para los contendientes en una campaña electoral, en la que finalmente decide la mayoría. Una mayoría que está expuesta a una cantidad incesante de mensajes, que quizá no puede descifrar adecuadamente, pero que suponemos le orientan para la emisión del voto. Sin embargo, como lo ha sostenido Norberto Bobbio, ilustre jurista italiano, el elector actual se inclina cada vez más por emitir un voto clientelar o de intercambio, más que un voto razonado (o de opinión).

De manera que la motivación surge del interés personal del elector de obtener un beneficio particular e inmediato a cambio del voto, antes que meditar sobre el bien de la comunidad entera. Es decir, al elector actual le mueve más el egoísmo propio que una verdadera preocupación por el bien común. No somos capaces de rechazar el caramelo que se nos ofrece ahora, a cambio de dos o tres en unas cuantas horas, como en el famoso experimento norteamericano. En dicho experimento participaban niños de cuatro años. La primera pregunta que les realizó es si querían comer un caramelo. La respuesta unánime fue afirmativa. A continuación, se les realizó una propuesta: podían comerse ahora el caramelo o, si estaban dispuestos a esperar unos minutos mientras el experimentador iba a hacer un recado, entonces podrían comerse dos caramelos cuando el experimentador regresara. Un monitoreo, años después determinó, que los niños proclives a dejarse llevar por el impulso de comer el dulce seguían sin saber reprimir sus instintos cuando alcanzan la adolescencia, sus notas académicas eran peores que las de aquellos que supieron dominar sus impulsos más primarios; eran más infelices y estaban provocando mayor desasosiego a su alrededor. De manera que la ciencia está corroborando que el control de las emociones básicas y universales debería preceder a la enseñanza de valores y, por supuesto, de contenidos académicos.

Este fenómeno del elector egoísta es más visible en elecciones donde deciden grupos más reducidos, puesto que el nivel de manipulación se incrementa a medida que el conjunto de electores es más limitado. Esto significa que un candidato sin un verdadero fundamento ideológico y moral, pero con suficiente dinero, podrá ganar cualquier elección de este tipo. Luego entonces nos dirigimos a una democracia en la que ya no compiten las ideas, ni propuestas de campaña, sino el dinero mismo, encauzado directamente a los bolsillos del elector, a cambio del voto. Pero hay que decir que nuestras sociedades profundamente desiguales contribuyen a este fenómeno, pues las clases más necesitadas son incapaces de escuchar un debate de ideas, o valorar trayectorias cuando tienen enfrente una despensa o unos cuantos billetes.

Lo anterior, debe llevarnos a reconocer las imperfecciones de nuestro régimen democrático, especialmente en los procesos internos de los partidos políticos. Para proponer algunas alternativas de solución y no caer en el trilladísimo estribillo de justificar el voto en la urna sin importar la forma en que llegó allí. Apelando a la decisión egoísta del elector en un momento electoral. Recordemos que la reforma electoral de 2007 dio un gran paso para reducir la influencia del dinero en las campañas, pero el problema no tendrá solución en la medida que nuestro país no rompa la enorme brecha económica entre ricos y pobres, porque la gran desigualdad social redunda en el éxito de este tipo de prácticas: tales como la entrega de despensas o la compra del voto. Y los principales interesados en que este esquema no cambie son precisamente los vividores de la política.

1 Cmentario

  • Sin palabras. Los mismos políticos y las practicas de nuestra democracia, están acabando con los buenos ciudadanos y con la fuerte lucha por mejorar México. Los valores se pierden cada vez más en está cantidad incesante de practicas corruptas que llevan al elector a dejarse manipular, sin pensar en las consecuencias de un mal gobernante, un mal gobierno que demostró interés sólo el día de la elección y que llegará a robar. La decisión del elector lo hace acreedor al mal gobierno. Además el mismo elector con sus decisiones trunca el camino al progreso…

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