Cordura y desvarío

Como advertencia previa, se le sugiere no leer esta columna, me han dicho que el autor, rara vez sabe de lo que habla, incluso cuando intenta contarnos la verdad. Se me extravió la concentración, y aún en medio de las distracciones cotidianas creo ilusamente poder escribir sobre ficciones y realidades. Tecleo con precipitación para borrar enseguida con mayor rapidez lo escrito, la única guía está en mis libros, desearía que ellos hablaran por mí, pero soy un vocero tan mediocre de su contenido que apenas y puedo referirlos sin sentir un poco de pena. La realidad no ha cambiado y podría rehusarme a interpretarla, pero ese parece ser un deber que no puedo abandonar, cuyo discurso estoy condenado a repetir. Diputados locales aumentándose el sueldo, cuando apenas unos meses atrás anunciaban con bombo y platillo su reducción y supuesto compromiso con el pueblo. Gobernantes enriquecidos, partidos solapadores y unos cuantos valientes exigiendo transparencia. Al final nada ha cambiado, el ejercicio del poder sigue siendo un gran negocio. Ojala que los diputados, que ahora ganan 20% mas, también incrementen su eficacia y desempeño, lo que estoy autorizado a dudar dados los recientes debates tan mediocres que hemos tenido que presenciar. Salvo excepciones muy honrosas. Pero aún hay temas importantes a discusión, esperamos que algo bueno para el pueblo salga de ellos.

He aprendido a despreciar el poder, mientras otros corren detrás de ese carretón lleno de oro, me agrada sentirme el observador indiferente e imparcial que apenas se inmuta por tan absurda carrera. He optado por hablar sobre aquellos que han alcanzado el carretón y viajan en él, pero como ha dicho Paul Feyerabend “pero debo admitir que [el único instrumento] de que dispongo [es]… el agradable sentimiento de estar en el lado de la verdad”. También nos dice: “La política, bien comprendida, tiene mucho en común con el amor; respeta a las gentes, considera sus deseos personales, no las ‘estudia’, sino que intenta comprenderlas desde dentro y une sugerencias de cambio con las ideas y emociones que fluyen de tal comprensión”. Aunque confiesa que los sueños de poder no solo están muy lejos de su cabeza sino que realmente le ponen enfermo.

No soy yo el que escribe todo esto, es el otro el que me ha pedido que lo haga, apenas cumplo el servil papel de un vocero. El otro es valiente, yo soy un cobarde al que le tiembla el pulso cuando escribe, y suele preguntar en cada línea si eso es realmente lo que se intenta decir. El otro tiene plena convicción de lo que expresa, a mi me quedan profundas dudas en cada columna. A mí se me ocurren las ficciones pero el otro me dice como expresarlas, la crítica es del otro, a mi solo se me ocurren sugerencias completamente impertinentes. El otro es el que lee, a mí solamente me agradan sus conversaciones sobre lo leído. Pero soy tan mal discípulo que lo hago ver como mal maestro. Ahora me está reprochando el otro está estúpida copia del texto “Borges y yo”, y me ha echado en cara mi falta de imaginación; creo que le asiste la razón y no solo debo disculparme por hacer malas copias sino por hablar de mí, al intentar atribuirle el merito -al otro- (si es que hay algo de merito) lo he avergonzado. Me dice que estoy equivocado, pues ningún lector estará dispuesto a soportar a aquellos que se alaban a sí mismos, aún cuando se alaben en el disfraz del otro. Si usted amable lector ha llegado hasta aquí, a pesar de la advertencia inicial, debe preguntarse: ¿Cómo ha sucedido esto? Pero no diga que no fue advertido.

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