Aporía del Poder

Me he dado cuenta que entre mis compañeros más jóvenes, especialmente entre los abogados, aparece con mucha fuerza un sentimiento muy parecido a la codicia y la ambición, pero lo peor de todo es que se cree que el incremento de los bienes materiales y el ejercicio del poder, que tanto desean, conlleva consigo un progreso moral, pero creo que no hay nada mas equivocado. Se admira en el político su demagogia, su poder económico y esa burbuja en que los envuelve el ejercicio del poder. El novel ansía poseer la capacidad de lucir ante las masas, de persuadir su mente o corazón; y ciertamente hay algo en todo esto que lo convierte en algo embriagador, que es más fácil ceder que resistirse.

En un tiempo padecí los mismos vicios que ellos, y no puedo juzgarlos porque no creen estar haciendo ningún mal. El tiempo me ha enseñado a comprender el poder de manera diferente, y en diversas ocasiones he escrito con este propósito. Pero debo decir que no he pretendido en modo alguno sobresalir entre mis coetáneos a través de mi fe. Sería deshonesto para mí sostener una postura por el simple hecho de diferenciarme. Incluso porque el acto en sí mismo implica cierta vanidad. He procurado, en verdad, expresar algo que en el fondo de mí palpita con gran convicción. Y al mismo tiempo creo que mis palabras, en la medida que han sido escuchadas por ellos, han cumplido un propósito. He logrado, -y permítanme creerlo-, colocar frente al interesado en política, un gran espejo invertido que le muestre las bondades del hombre honesto y sencillo. He mostrado la grandeza de no tener ambición de poder. De resistirse a la tentación de riqueza material y no experimentar por ello sufrimiento alguno. He procurado mostrar lo virtuoso del hombre sin poder, las ventajas de la modestia y la medianía. Porque hay mas bienes en el espíritu que en las cosas materiales. Y vaya que esto es difícil, pues no hay ser humano que no tenga en su interior la semilla de la ambición y el deseo de dominio.

Pero permítanme aclarar que yo no he anunciado todo esto como si fuera un profeta, ni mucho menos como si fuera yo el modelo a seguir. Soy tan débil como el resto, o quizá más, pero cada día trabajo en mi imperfección, y puedo, al menos asegurar que intento andar ese camino que veo trazado. Concédanme creer que mi lucha tiene algo de valor.

Quizá Alfonso Reyes, ampliando una frase de su ensayo “la sonrisa”, nos diría: Imaginemos que los partidos políticos son como una camisa, ya sea, roja, azul, amarilla o verde, las hay de todos colores. Pues bien, usted parece el hombre que busca la camisa de un hombre feliz. Pero cuán difícil es hallarla, pues tal vez el único hombre feliz es aquel que no lleva camisa.

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